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Autobiografía de Ana Catalina Emmerick –
Sinopsis

Excepcional mística cristiana
Tras la apariencia de una monja sencilla, en Ana Catalina Emmerick (Coesfeld, 1774 – Dullmen, 1824) se esconde una de las grandes místicas católicas de los últimos siglos. Desde su más tierna infancia, fue un alma de excepcional bondad, devoción y pureza. Su vida y su legado iluminarán por siglos al cristianismo y a toda la humanidad.
El escritor francés Léon Bloy dijo «Si el libro “Vida de Ana Catalina Emmerick”, escrito por el padre Schmoeger, fuera leído por veinte personas en cada diócesis, Dios cambiaría la faz del mundo”. Difícil resumir mejor el potencial del legado de esta extraordinaria monja agustina.
Hacia una mejor comprensión del nuevo “Nuevo Testamento”
Por muy incomprensible que pueda resultarnos, Ana Catalina fue bendecida ya desde su niñez con un don, acorde a su intensa devoción: acceder a un conocimiento directo de la vida de Jesús, de la Sagrada Familia, de los apóstoles y de los santos. Son sus “visiones”, a través de las que no sólo contempla los sucesos históricos, sino que es capaz de percibir los sentimientos y pensamientos de los protagonistas. En la literatura sobre el misticismo se explica cómo una capacidad semejante llega ocasionalmente a las personas espiritualmente desarrolladas.
El relato extremadamente detallado, profundo, veraz de sus visiones sobre la vida de los personajes bíblicos y de Jesús aportan al lector una comprensión íntima sobre el cristianismo que desborda al de otras Sagradas Escrituras. Son elocuentes, hermosas, poderosas, de imprescindible lectura.
Para muchas personas de hoy día, pensar que haya existido un milagro semejante, que alguien a través de visiones pueda acceder a un conocimiento de hechos pasados, resulta inaceptable. A este respecto, responde este comentario de la propia Ana Catalina Emmerick, relatando una conversación que mantuvo de niña con su devoto padre, Bernard Emmerick, un humilde y abnegado campesino alemán:
“Debía salir al campo con mi padre y llevar caballo, conducir la rastra y hacer todo género de faenas. Cuando dábamos alguna vuelta o nos parábamos, decía: “¡Qué hermoso es esto! Mira, de aquí podemos divisar la iglesia de Koesfeld y contemplar al Santísimo Sacramento y adorar a Nuestro Señor y Nuestro Dios. Desde allí nos está viendo y bendiciendo nuestro trabajo”. Cuando tocaban a misa, se quitaba el sombrero y hacía oración, diciendo: «¡Oigamos ahora misa!” Mientras trabajaba, decía: “Ahora está el sacerdote en el Gloria; ahora llega al Sanctus; y ahora debemos pedir con él esto o aquello y recibir la bendición”. Después cantaba o repetía alguna tonada. Cuando yo levantaba las mieses, decía: “Se espantan las gentes al oír la palabra milagro, y he aquí que vivimos de puro milagro y gracia de Dios. Mira el grano en la tierra: ahí está y de él sale un tallo que produce ciento por uno. ¿No es esto un gran milagro?” El domingo, después de comer, nos refería el
sermón y lo explicaba de un modo muy edificante. También nos leía la explicación del Evangelio.”
Sus visiones, un tesoro espiritual para la humanidad
El relato de sus visiones ha llegado hasta nosotros gracias a su amigo el escritor Clemente Brentano y a su doctor de cabecera Guillermo Wesener, quienes transcribieron y ordenaron las explicaciones detalladas que ella hacía de sus visiones. Clemente Brentano era un fogoso escritor romántico que tras su contacto con Ana Catalina se convirtió al catolicismo. Guillermo Wesener quedó convencido de la altura espiritual de Ana Catalina cuando ella le reveló secretos de su vida personal que nadie podía conocer.

Con respecto al porqué de estas visiones, nos refiere lo siguiente la propia Ana Catalina:
“Ayer he pedido fervorosamente a Dios que dejase de concederme estas visiones, para verme libre de la responsabilidad de referirlas. Pero el Señor no quiso escucharme; antes bien, he entendido, igual que otras veces, que debo referir todo lo que veo, aunque se burlen de mí y no comprenda yo ahora el provecho que resulte de esto. También he sabido que nadie ha visto nunca estas cosas en el grado y medida en que yo las veo, y he entendido que no son cosas mías, sino de la Iglesia.
“Yo te doy esta visión, me dijo el Señor, no para ti, sino para que sea consignada: debes, pues, comunicarla. Ahora no es tiempo de obrar maravillas exteriores. Te doy estas visiones y te las he dado siempre, para mostrar que estoy con mi Iglesia hasta la consumación de los siglos. Pero las visiones, por sí solas, a nadie hacen bienaventurado: has de ejercitar, pues, la caridad, la paciencia y todas las virtudes”.
Las admirables visiones sobre el Antiguo Testamento y las numerosas visiones sobre la vida de los santos, me fueron comunicadas por la bondad de Dios, no sólo para mi instrucción, sino para que las publicara, e hiciera conocer tantas cosas escondidas e ignoradas. Muchas veces me fue inculcado este mandato.
Hace mucho que yo hube de haber muerto. He conocido en una visión que hace tiempo yo hubiera muerto, si no fuera porque debía hacer conocer estas cosas por medio del Peregrino (así se refería afectuosamente al escritor Clemente Brentano). Él debe escribirlo todo. A mí me corresponde únicamente comunicar mis visiones. Cuando el Peregrino lo haya ordenado todo y todo esté
terminado, morirá él también.”
Luz sobre la figura de Jesús y su mensaje
Muchos de quienes hemos llegado a conocer de la existencia de Ana Catalina de Emmerick lo hemos hecho a través de la película de Mel Gibson “La pasión de Cristo”. Esta película, excelente e inspirada, incluye en su guión parte de las visiones de Ana Catalina, no recogidas en los Evangelios, que nos ayudan a entender mejor qué sucedió, cómo y por qué. Pues bien, estos destellos de verdad que se reflejan en la película, palidecen cuando leemos el relato completo no sólo de la Pasión, sino de toda la vida de Jesús, de la Sagrada Familia y de muchas otras personalidades espirituales descritas en el Nuevo y en el Antiguo Testamento.
Durante 2000 años la luz del ejemplo de Jesús ha brillado a través de los 4 Evangelios canónicos, relatos de la vida de Jesús, a la fuerza breves y concisos por las limitaciones del tiempo histórico (escritura en rollos de pergamino,…). Esa misma luz brilla con indescriptible intensidad, cercana, real, inteligible en los relatos de las visiones de Ana Catalina. Es tan detallado el relato de los hechos, es tan profundo el conocimiento histórico que refleja, son tan íntimos los retratos psicológicos que traza, que resulta imposible entender como una monja agustina de educación sencilla pueda relatar estos hechos, sino es porque se trata de una verdad revelada. Los sucesos que describe Ana Catalina se han visto corroborados por hallazgos históricos y son coherentes con el Nuevo Testamento y con otros textos, como los evangelios apócrifos. Sus detalladas descripciones han llevado a ubicar santos lugares perdidos durante siglos. Un ejemplo, es el descubrimiento en Éfeso (Turquía), gracias a sus indicaciones, en 1891 de la casa en la que la Virgen María pasó sus últimos años.
El tesoro espiritual de sus visiones, un suceso crítico para el cristianismo
Las visiones de Ana Catalina guardan una capacidad para hacer comprensible el cristianismo y un potencial de renovación y acercamiento íntimo al mensaje de Jesús, que resulta difícil encontrar un suceso de semejante significación en los últimos siglos. Nos corresponde ahora a cada uno de nosotros hacer el pequeño esfuerzo de acercarnos y conocer su mensaje.
El relato de las visiones de Ana Catalina es un tesoro espiritual inconmensurable. Nuestra deuda de gratitud hacia ella también. Mostrémosle nuestro afecto en consonancia.


Excepcional mística cristiana
Tras la apariencia de una monja sencilla, en Ana Catalina Emmerick (Coesfeld, 1774 – Dullmen, 1824) se esconde una de las grandes místicas católicas de los últimos siglos. Desde su más tierna infancia, fue un alma de excepcional bondad, devoción y pureza. Su vida y su legado iluminarán por siglos al cristianismo y a toda la humanidad.
El escritor francés Léon Bloy dijo «Si el libro “Vida de Ana Catalina Emmerick”, escrito por el padre Schmoeger, fuera leído por veinte personas en cada diócesis, Dios cambiaría la faz del mundo”. Difícil resumir mejor el potencial del legado de esta extraordinaria monja agustina.
Hacia una mejor comprensión del nuevo “Nuevo Testamento”
Por muy incomprensible que pueda resultarnos, Ana Catalina fue bendecida ya desde su niñez con un don, acorde a su intensa devoción: acceder a un conocimiento directo de la vida de Jesús, de la Sagrada Familia, de los apóstoles y de los santos. Son sus “visiones”, a través de las que no sólo contempla los sucesos históricos, sino que es capaz de percibir los sentimientos y pensamientos de los protagonistas. En la literatura sobre el misticismo se explica cómo una capacidad semejante llega ocasionalmente a las personas espiritualmente desarrolladas.
El relato extremadamente detallado, profundo, veraz de sus visiones sobre la vida de los personajes bíblicos y de Jesús aportan al lector una comprensión íntima sobre el cristianismo que desborda al de otras Sagradas Escrituras. Son elocuentes, hermosas, poderosas, de imprescindible lectura.
Para muchas personas de hoy día, pensar que haya existido un milagro semejante, que alguien a través de visiones pueda acceder a un conocimiento de hechos pasados, resulta inaceptable. A este respecto, responde este comentario de la propia Ana Catalina Emmerick, relatando una conversación que mantuvo de niña con su devoto padre, Bernard Emmerick, un humilde y abnegado campesino alemán:
“Debía salir al campo con mi padre y llevar caballo, conducir la rastra y hacer todo género de faenas. Cuando dábamos alguna vuelta o nos parábamos, decía: “¡Qué hermoso es esto! Mira, de aquí podemos divisar la iglesia de Koesfeld y contemplar al Santísimo Sacramento y adorar a Nuestro Señor y Nuestro Dios. Desde allí nos está viendo y bendiciendo nuestro trabajo”. Cuando tocaban a misa, se quitaba el sombrero y hacía oración, diciendo: «¡Oigamos ahora misa!” Mientras trabajaba, decía: “Ahora está el sacerdote en el Gloria; ahora llega al Sanctus; y ahora debemos pedir con él esto o aquello y recibir la bendición”. Después cantaba o repetía alguna tonada. Cuando yo levantaba las mieses, decía: “Se espantan las gentes al oír la palabra milagro, y he aquí que vivimos de puro milagro y gracia de Dios. Mira el grano en la tierra: ahí está y de él sale un tallo que produce ciento por uno. ¿No es esto un gran milagro?” El domingo, después de comer, nos refería el
sermón y lo explicaba de un modo muy edificante. También nos leía la explicación del Evangelio.”
Sus visiones, un tesoro espiritual para la humanidad
El relato de sus visiones ha llegado hasta nosotros gracias a su amigo el escritor Clemente Brentano y a su doctor de cabecera Guillermo Wesener, quienes transcribieron y ordenaron las explicaciones detalladas que ella hacía de sus visiones. Clemente Brentano era un fogoso escritor romántico que tras su contacto con Ana Catalina se convirtió al catolicismo. Guillermo Wesener quedó convencido de la altura espiritual de Ana Catalina cuando ella le reveló secretos de su vida personal que nadie podía conocer.

Con respecto al porqué de estas visiones, nos refiere lo siguiente la propia Ana Catalina:
“Ayer he pedido fervorosamente a Dios que dejase de concederme estas visiones, para verme libre de la responsabilidad de referirlas. Pero el Señor no quiso escucharme; antes bien, he entendido, igual que otras veces, que debo referir todo lo que veo, aunque se burlen de mí y no comprenda yo ahora el provecho que resulte de esto. También he sabido que nadie ha visto nunca estas cosas en el grado y medida en que yo las veo, y he entendido que no son cosas mías, sino de la Iglesia.
“Yo te doy esta visión, me dijo el Señor, no para ti, sino para que sea consignada: debes, pues, comunicarla. Ahora no es tiempo de obrar maravillas exteriores. Te doy estas visiones y te las he dado siempre, para mostrar que estoy con mi Iglesia hasta la consumación de los siglos. Pero las visiones, por sí solas, a nadie hacen bienaventurado: has de ejercitar, pues, la caridad, la paciencia y todas las virtudes”.
Las admirables visiones sobre el Antiguo Testamento y las numerosas visiones sobre la vida de los santos, me fueron comunicadas por la bondad de Dios, no sólo para mi instrucción, sino para que las publicara, e hiciera conocer tantas cosas escondidas e ignoradas. Muchas veces me fue inculcado este mandato.
Hace mucho que yo hube de haber muerto. He conocido en una visión que hace tiempo yo hubiera muerto, si no fuera porque debía hacer conocer estas cosas por medio del Peregrino (así se refería afectuosamente al escritor Clemente Brentano). Él debe escribirlo todo. A mí me corresponde únicamente comunicar mis visiones. Cuando el Peregrino lo haya ordenado todo y todo esté
terminado, morirá él también.”
Luz sobre la figura de Jesús y su mensaje
Muchos de quienes hemos llegado a conocer de la existencia de Ana Catalina de Emmerick lo hemos hecho a través de la película de Mel Gibson “La pasión de Cristo”. Esta película, excelente e inspirada, incluye en su guión parte de las visiones de Ana Catalina, no recogidas en los Evangelios, que nos ayudan a entender mejor qué sucedió, cómo y por qué. Pues bien, estos destellos de verdad que se reflejan en la película, palidecen cuando leemos el relato completo no sólo de la Pasión, sino de toda la vida de Jesús, de la Sagrada Familia y de muchas otras personalidades espirituales descritas en el Nuevo y en el Antiguo Testamento.
Durante 2000 años la luz del ejemplo de Jesús ha brillado a través de los 4 Evangelios canónicos, relatos de la vida de Jesús, a la fuerza breves y concisos por las limitaciones del tiempo histórico (escritura en rollos de pergamino,…). Esa misma luz brilla con indescriptible intensidad, cercana, real, inteligible en los relatos de las visiones de Ana Catalina. Es tan detallado el relato de los hechos, es tan profundo el conocimiento histórico que refleja, son tan íntimos los retratos psicológicos que traza, que resulta imposible entender como una monja agustina de educación sencilla pueda relatar estos hechos, sino es porque se trata de una verdad revelada. Los sucesos que describe Ana Catalina se han visto corroborados por hallazgos históricos y son coherentes con el Nuevo Testamento y con otros textos, como los evangelios apócrifos. Sus detalladas descripciones han llevado a ubicar santos lugares perdidos durante siglos. Un ejemplo, es el descubrimiento en Éfeso (Turquía), gracias a sus indicaciones, en 1891 de la casa en la que la Virgen María pasó sus últimos años.
El tesoro espiritual de sus visiones, un suceso crítico para el cristianismo
Las visiones de Ana Catalina guardan una capacidad para hacer comprensible el cristianismo y un potencial de renovación y acercamiento íntimo al mensaje de Jesús, que resulta difícil encontrar un suceso de semejante significación en los últimos siglos. Nos corresponde ahora a cada uno de nosotros hacer el pequeño esfuerzo de acercarnos y conocer su mensaje.
El relato de las visiones de Ana Catalina es un tesoro espiritual inconmensurable. Nuestra deuda de gratitud hacia ella también. Mostrémosle nuestro afecto en consonancia.

Autobiografía de Ana Catalina Emmerick – Capítulo 1
AUTOBIOGRAFÍA
Capítulo ISU INFANCIA, SUS DONES EXTRAORDINARIOSINTRODUCCIÓNConforme al plan con que ha sido concebida esta obra,publicamos las palabras de la venerable sierva de Dios, Ana Cata-lina Emmerick, copiadas principalmente por Clemente Brentano.Comenzamos con la declaración hecha por Ana Catalina alrevelar las razones por las cuales el Señor le concede estas vi-siones: le son dadas para ser consignadas y publicadas, a fin deque se descubran muchas cosas ignoradas, para mayor gloriade Dios y edificación de los fieles.Ana Catalina cuenta su bautismo, celebrado el mismo díade su nacimiento, por gracia especial coincidente con la nativi-dad de la Virgen Santísima. Relata diversos cuadros de su in-fancia, con sencillez y lucidez encantadoras; todo lo que veía yhacía; cómo se le manifestaba el don de las visiones extáticas;los casos de bilocación y otras gracias extraordinarias recibidasde modo sobrenatural.1. El Señor le manda comunicar sus visiones.El 1º de enero de 1821, dijo la venerable sierva de Dios,Sor Ana Catalina Emmerick:Ayer he pedido fervorosamente a Dios que dejase de con-cederme estas visiones, para verme libre de la responsabilidadde referirlas. Pero el Señor no quiso escucharme; antes bien,he entendido, igual que otras veces, que debo referir todo loque veo, aunque se burlen de mí y no comprenda yo ahora elprovecho que resulte de esto. También he sabido que nadie havisto nunca estas cosas en el grado y medida en que yo las veo,y he entendido que no son cosas mías, sino de la Iglesia.“Yo te doy esta visión, me dijo el Señor, no para tí, sinopara que sea consignada: debes, pues, comunicarla. Ahora no estiempo de obrar maravillas exteriores. Te doy estas visiones yte las he dado siempre, para mostrar que estoy con mi Iglesiahasta la consumación de los siglos. Pero las visiones, por sísolas, a nadie hacen bienaventurado: has de ejercitar, pues, lacaridad, la paciencia y todas las virtudes».Las admirables visiones sobre el Antiguo Testamento ylas numerosas visiones sobre la vida de los santos, me fueroncomunicadas por la bondad de Dios, no sólo para mi instrucción,sino para que las publicara, e hiciera conocer tantas cosas es-condidas e ignoradas. Muchas veces me fue inculcado estemandato.Hace mucho que yo hube de haber muerto. He conocidoen una visión que hace tiempo yo hubiera muerto, si no fueraporque debía hacer conocer estas cosas por medio del Peregri-no (*). Él debe escribirlo todo. A mí me corresponde única-mente comunicar mis visiones.Cuando el Peregrino lo haya ordenado todo y todo estéterminado, morirá él también.(*) Así llama al escritor y poeta Clemente Brentano, a quien había vistoya anteriormente en visión, destinado por Dios para recoger sus revelaciones.2. Habla del carácter de sus propias visiones.He visto infinitas cosas que no se pueden expresar con pa-labras. ¿Y quién puede expresar con palabras cosas que se ven,no con los ojos, sino de otro modo? Yo no veo las cosas con losojos, sino más bien me parece que las viese con el corazón, aquíen medio del pecho. Esto me ocasiona, también en estelugar, como una efusión de sudor. Veo al mismo tiempo con losojos los objetos y las personas que me rodean, pero no atiendo aellas; no sé lo que son ni quienes son. También ahora, mientrashablo, soy vidente.Desde algunos días estoy continuamente entre una visiónsensible y otra sobrenatural. Tengo que hacerme mucha violenciaporque en medio de la conversación con otros, veo delante demí, al mismo tiempo, diversas cosas y toda clase de imágenes yoigo mi propia palabra y la de los demás, como si viniese roncay tosca de un recipiente vacio. Me encuentro además como em-briagada y a punto de caer. Mis palabras de respuesta a laspersonas que me hablan salen tranquilas de mis labios y a vecesmas vivaces que de costumbre, sin que yo sepa después lo quehe hablado momentos antes; no obstante, hablo ordenadamentey con pleno sentido. Siento una gran pena al verme en estedoble estado. Con los ojos veo cuanto me rodea de un modo in-cierto y velado, como vería uno las cosas cuando está por dor-mirse y empezara a soñar.La segunda facultad de ver, la sobrenatural, me quierearrebatar con fuerza y es mucho más luminosa y clara que Iavista natural de los ojos; no obra esta manera de ver por mediode los ojos corporales. Estoy durante todo un día entre el volarlejano y el ver. A veces veo al Peregrino y a veces no lo veo, yesto me pasa continuamente. ¿No siente él cómo cantan ahora?Me parece encontrarme sobre una amena pradera y como sisobre mi los árboles se entrelazasen y formasen arco. Siento can-tar con tan maravillosa dulzura como si procediese de suavesvoces de niños.Lo próximo y el contorno de las cosas, me parecen comoun sueño; todo lo veo turbio, impenetrable y desconectado, se-mejante a un confuso sueño, a través del cual veo un mundoluminoso, sucesivamente comprensible, y hasta en su íntimoorigen y concatenación con todas sus manifestaciones inteligi-bles. En el seno de esta vista, cuanto hay de bueno y de santodeleita más profundamente, porque se reconoce su derivaciónde Dios y su retorno a Dios. En cambio, cuanto hay de malo yde impío perturba profundamente, porque se reconoce el caminoque trae desde el diablo y lleva a él, siempre contrario a Diosy a su criatura. La vida en este mundo sobrenatural, donde noexiste impedimento alguno, ni tiempo, ni espacio, ni cuerpo, nisecretos, donde todo habla y resplandece, es tan perfecta y libre,que en su comparación la ciega, torcida, balbuciente vida real yactual parece un sueño vacío.Durante estas vìgilias veo siempre resplandecientes las re-liquias que tengo conmigo, y a veces veo como escuadrones depequeñas y lejanas figuras humanas, en medio de nubecillas,que están sobre mi, en dirección de las reliquias. Cuando merecojo en mí misma, aquellas imágenes se aproximan nueva-mente a las pequeñas arcas y relicarios donde reposan los huesosluminosos.He tenido una bellísima enseñanza de cómo la vista, pormedio de los ojos, no es verdadera vista, sino que hay otra mi-rada interna. Esta última es muy clara y luminosa. Cuandodebo permanecer mucho tiempo privada de la comunión coti-diana y no puedo rezar con ardor y decaigo en el recogimientode la piedad, entonces una nube espesa se extiende sobre mi claravista interna. Entonces olvido cosas importantes, avisos o exhorta-ciones y veo y experimento la opresión aniquilante del externoy falso modo de que son las cosas. Tengo un hambre del Santísi-mo Sacramento que me roe y me atormenta, y muchas vecescuando miro hacia una iglesia, el corazón parece que se me qui-siera salir del pecho y volar hacia el Salvador.3. Ve su don de visión en forma de rostro.Cuando vi que nació tanto malhumor porque, según orden demi guía celeste, no dí consentimiento para ser trasladada a otrahabitación, supliqué al Señor se dignase dirigirme. Había surgidomucho descontento; sin embargo, yo veía tantos cuadros e imá-genes santas, y no podía por lo demás hacer cosa alguna.Después de esta oración me tranquilicé y vi como un rostroque se aproximaba a mi y penetraba en mi pecho y pareció comosi dentro de mi se deshiciese (*). Me pareció que mi alma, al uni-ficarse con aquel rostro, se retrajese en sí misma y se hiciese siem-pre más pequeña, mientras mi cuerpo se me aparecía como un sergrosero y pesado, grande como una casa. El rostro, que me pare-ció triple, era infinitamente rico y multiforme y no obstante erauno y único. Se dilataba en sus rayos y en sus miradas en todoslos coros separados de los ángeles y de los santos. Recibí conso-lación y gozo y pensé: “¿Podría esto provenir del espiritu malig-no?» Mientras así pensaba todas esas imágenes claras y distintasme atravesaron otra vez el alma, como una serie de luminosasnubecillas y sentí que estaban fuera de mí, a mi lado, en uncirculo luminoso. Sentí entonces de nuevo haber crecido y micuerpo no me parecía ya tan grosero ni macizo. Entonces habíafuera de mi y en torno mío como un mundo en el cual yo podíamirar adentro por medio de una abertura luminosa. Y se meacercó una virgen, que me explicó ese mundo de luz y me dijoque mirase unas veces en un punto y otras veces en otro. Aña-dió que pertenecía a la viña de aquel santo Obispo en la cual yodebía por entonces trabajar.4. Ve otro mundo de impiedad.(11 de agosto de 1821)He visto también a mi izquierda un segundo mundo llenode deformes y torcidas figuras, de cuadros de perversidad, decalumnias, de sarcasmo y de burla. Todo este mundo avanzabacomo un enjambre cuya punta se dirigía hacia mi.De todo el circulo que avanzaba no pude reconocer nada debueno ni recibirlo, puesto que lo justo y lo bueno se hallaba sóloen el círculo puro y luminoso que estaba a mi derecha. Entreestos dos círculos, yo, pobre y abandonada, estaba suspendidade un brazo como entre cielo y tierra, y permanecí mucho tiem-po entre graves dolores; a pesar de ello, no perdí la paciencia.Al fin, saliendo de aquel círculo luminoso se aproximó nue-vamente Santa Susana (era el día de la Santa) juntamente conLiborio, en cuya viña debía yo trabajar. Me pareció que melibraban y fui llevada de nuevo a la viña que se había puestosilvestre y llena de pujantes y superfluas ramas y hojas. Tuveque limpiar aquellas vides de las ramas silvestres y demasiadashojas para que el sol pudiese calentar los brotes. Con gran tra-bajo recompuse y cerré una abertura del parral. Eché las hojasjuntamente con los racimos podridos en un montón; otros man-chados los tuve que limpiar con un pañito y como no tenía a lamano otra cosa, tomé mi pañuelo de la cabeza. Por todo esto mesentí tan cansada que a la mañana me encontré en mi lecho,llena de dolores, como si hubiese sido destrozada en una rueda:no sentía en mi hueso alguno sano. Los brazos todavía meduelen.5.Visiones de su bautismo.(8 de septiembre de 1821)Hoy, día de mi aniversario, he visto en éxtasis mi nacimientoy mi bautismo. Estaba yo presente con un sentimiento singular.Me sentía como un niño recién nacido en brazos de las mujeresque me llevaban a Coesfeld para ser bautizada. Me causaba ver-güenza verme tan pequeña y tan necesitada de ayuda, a pesarde ser ya vieja; pues, todo lo que sentía entonces, como niña re-cién nacida, lo veía y lo conocía de nuevo en esta hora, mezcladocon las impresiones presentes. Entonces era yo débil y no podíavalerme. Las tres mujeres ancianas que me llevaban a la iglesia,me eran antipáticas, y también la partera; pero mi madre, no;yo tomaba su pecho. Veía todo lo que me rodeaba: la antiguagranja donde vivíamos y todo lo que allí había, tal como despuésno lo he vuelto a ver, porque muchas cosas han cambiado.Veía con claridad el camino que conduce desde nuestra ca-baña de Flamske hasta la parroquia de Santiago de Coesfeld, ysentía y conocía lo que pasaba a mi alrededor. Vi todas las san-tas ceremonias de mi bautismo, y mis ojos y mi corazón seabrieron de un modo maravilloso. Vi que cuando fuí bautizadaestaban allí presentes el Angel de mi Guarda y mis santas pa-tronas Santa Ana y Santa Catalina. Vi a la Madre de Dios conel Niño Jesús y fui desposada con Él mediante la entrega deun anillo.Entendía yo todas las cosas santas y benditas y todo lo quese refiere a la Iglesia, tan claramente, como después no hevuelto a entenderlo. Veía imágenes admirables de la iglesia.Sentí la presencia de Dios en el Santísimo Sacramento. Vi brillaren la iglesia los huesos de los santos, que resplandecían sobreellos.Vi a todos mis predecesores, hasta el primero que de ellosfue bautizado y conocí, en una larga serie de símbolos, todoslos peligros de mi vida futura. En medio de todo esto sentía laimpresión singular que me causaban mis padrinos y parientesque estaban allí y las tres mujeres que me eran siempre anti-páticas. Vi a mis antepasados en una serie de imágenes que seextendía por muchas comarcas, hasta el primero, que fue bauti-zado en el siglo séptimo u octavo y que edificó una iglesia. Entreellos había varias monjas, de las que dos fueron estigmatizadas,pero no conocidas, y un solitario, que había sido hombre im-portante, había tenido hijos y finalmente se había retirado delmundo y vivido santamente.Cuando al volver a casa desde la iglesia pasé por el cemen-terio, experimenté un vivo sentimiento del estado de las almascuyos cuerpos reposan allí, esperando la resurrección. Entre ellosobservé con respeto algunos cuerpos que brillaban y resplande-cían magníficamente.6. El Señor le muestra las bellezas creadas.Siendo todavía niña estaba yo una noche arrodillada en lanieve del campo y le decía al Señor, alegrándome de ver lashermosas estrellas: “Tú eres mi Padre, y ya que tienes en tucasa cosas tan hermosas, debes enseñármelas”. Él me mostrabatodas las cosas; me tomaba de la mano y me conducía por to-das partes. Era muy natural; yo lo contemplaba todo con ale-gría y no miraba ninguna otra cosa.7. Cuando tenía uno y tres años.Mi padre se preocupaba mucho por mí. Me enseñó a rezary a hacerme la señal de la cruz. Me tenía sobre sus rodillas,encerraba mis manecitas en su puño y me enseñaba a hacer lapequeña señal de la cruz con el pulgar. Luego abría su mano yme guiaba para hacer la señal de la cruz mayor. Cuando lleguéa rezar hasta la mitad del Padrenuestro, o quizás menos de lamitad, yo lo recitaba tantas veces hasta que me parecía queformaba el tiempo de un Padrenuestro entero.Me refiero ahora al primer año de mi vida. Siendo de unaño de edad, caí al suelo. Mi madre había ido a la iglesia deKoesfeld, pero parecía que tuviera un presentimiento de quealgo me había acontecido puesto que en grande ansia volvió acasa. Por mucho tiempo no pude caminar; recién al tercer añode mi vida curé enteramente de mi mal; el muslo me fue esti-rado bien, pero ligado tan estrechamente con fajas, que perma-neció delgado.A los tres años solía exclamar con todo mi corazón: “¡OhSeñor y Dios mío, haz que yo muera; porque los que crecen yse hacen grandes, te ofenden con muchos pecados».Cuando salía de casa me decía; “¡Oh, si cayeses tú muertaaquí, delante de esta puerta, no ofenderías más a Dios!”8. Dolor y compasión por el prójimo.Cuando me sentaba a la mesa para comer, dejaba lo quemás me gustaba o alguna parte, y decía: “Esto te lo doy a Ti,Señor, con todo mi corazón, para que Tú lo des a aquellospobres que más lo necesitan».Cuando veía algún niño enfermo, decía: “Si un pobre nopide y no suplica, no recibe limosna. Así Tú, Señor, no ayudasa los que no quieren rezar y sufrir. Mira, Señor, yo clamo yruego por aquéllos que no lo hacen por si mismos».Cuando más tarde preguntaban a Ana Catalina quién lehabía enseñado estas oraciones, contestó:No sabría decir quién me las enseñó: el germen de todo estoestá en la compasión. He sentido siempre, íntimamente, quetodos nosotros formamos un solo cuerpo en nuestro Señor Je-sucristo: el mal del prójimo me duele de tal modo como si su-cediera con el dedo de mi mano.Desde mi infancia siempre he rogado para que las dolenciasajenas viniesen sobre mí. Haciendo esto yo pensaba que Diosno manda ningún sufrimiento sin tener una especial razón yque con ese sufrimiento se debe descontar algo. El porquésucede que a veces un mal oprime poderosamente a alguno,yo pensaba que era porque ninguno quiere tomar sobre susespaldas el mal de otro. Por esto yo rogaba al Señor que sedignase dejarme descontar y expiar por mi prójimo y suplicabaal Niño Jesús que me ayudase; muchas veces tenía por estomismo bastantes dolores.9. El Niño Jesús le enseña diversos trabajosCuando yo era niña, el Niño Jesús trabajaba conmigo.Recuerdo que desde los seis años yo hacía lo que hago ahora(confeccionaba ropa para los pobres). Sabía que tendría unhermanito; cómo lo supe no lo podría decir. Quería entoncesdarle a mi madre algunas cosas para el niño recién nacido,pero no sabía aún coser. El Niño Jesús vino a mi y me enseñóy me ayudó a hacer un gorrito y otras prendas para niño. Mimadre se admiró mucho de cómo yo hubiese podido hacer estostrabajos. Recibió lo que le ofrecí y se sirvió de esas prendas.Cuando comencé a guardar las vacas, vino un Niñito haciami e hizo que las vacas se guardasen ellas mismas. Nosotros ha-blábamos juntos de cosas buenas, cómo queríamos servir a Diosy amar al Niño Jesús, y cómo Dios lo ve todo. Yo me encon-traba a menudo con ese Niñito y nos entendíamos perfectamente.Se cosía, se hacían gorritas y medias para los niños pobres. Yome encontraba capaz de hacer todos los trabajos que quería yademás tenía todo lo que necesitaba para esos trabajos. A vecesvenían también algunas monjas a unirse con nosotros y siempreeran del convento de las Anunciatas. Lo más admirable en estoera que yo disponía y creía hacerlo por mi misma, cuando enrealidad era aquel Niñito quien lo hacía todo.“Nosotros queremos, decía yo a mis compañeritos, repre-sentar el cielo sobre la tierra; queremos hacerlo todo en el nom-bre de Jesús y pensar siempre que el Niño Jesús está entre nos-otros. No queremos hacer cosa alguna que sea mala; antes bien,queremos impedirla en cuanto sea posible. Donde encontremoslazos para liebres y trampas para los pájaros, preparadas porlos muchachos, las sacaremos para que no vuelvan a semejantespasatiempos. Queremos poco a poco empezar un mundo nuevopara que la tierra se convierta en un paraíso».Recordando visiones de viajes a Tierra Santa, reproducíaen la arena lugares y cosas sagradas.Si hubiese tenido ocasión, desde niña, de relatar, seríacapaz de reproducir con mi narración la mayor parte de loscaminos y lugares de Tierra Santa, puesto que los tenía tanvivamente siempre ante los ojos que ningún otro lugar me eratan conocido como los de Palestina.Cuando estaba en el campo o jugaba con otros niños en laarena húmeda o sobre un terreno arcilloso, en seguida erguíaallí un monte Calvario, el Santo Sepulcro con su jardín, unriachuelo con su puente y cabañas. Recuerdo que hice de barromuchas casitas vacías cuadrangulares y las aberturas de laspuertas y ventanas con astillas. Otra vez, hasta quise hacer laimagen del Señor, de los dos ladrones y de María Santísima alpie de la cruz; pero me abstuve de hacerlo por parecerme unaprofanación el intentarlo.Una vez estaba con dos niños jugando en un campo. Que-ríamos tener una cruz en la pequeña capilla que habíamos le-vantado con arcilla, para rezar delante de ella nuestras oracio-nes. Queríamos una cruz verdaderamente buena, y no sabiendocómo conseguirla, dije: “Ya sé cómo la haremos. Tenemos quehacerla primero de madera; después la imprimiremos en la ar-cilla. Tengo una cobertera vieja de estaño; la haremos derretirsobre los carbones, la derramaremos como si fuera de arcilla yobtendremos una cruz de relieve”. Corrí a casa; tomé la cober-tera y los carbones. Mientras estábamos en la obra, sobrevinomi madre y fui castigada.10. San Juan Bautista niño acude a jugar con ella.Cuando custodiaba las vacas, solía llamarlo de este modo:“Juancito, el de la piel de camello, ven aquí conmigo”. Él veníay se entretenía conmigo. Tuve la más clara visión de su vidaen el desierto. En conversaciones familiares era amaestrada queimitase en todas sus acciones la inefable pureza y simplicidadcon que tanto había complacido al Señor. Yo celebraba con lamás viva realidad muchos maravillosos acontecimientos de susagrada infancia en la casa paterna del Bautista y en medio desu santa parentela. Tenía de todas esas personas un sentimientotan vivo y real, que con admirable familiaridad me sentía mo-vida de vivo afecto hacia esas personas y las trataba con mayorconfianza que a las de mi casa.Siempre, desde pequeña, cada año, en todo el tiempo deAdviento, yo acompañaba paso a paso en viaje a José y Maríadesde Nazaret hasta Belén, y hasta ahora todos los años lo hehecho siempre en la misma forma. La inquietud que yo teníapor la Virgen Santísima durante aquel viaje era tan grande ymi compasión por todas las dificultades del camino tan afectivay tan viva, cual podía serlo cualquier caso real o aventura queme sucediera en mi juventud. Antes bien, yo tomaba más partey me sentía más conmovida por estas cosas que por cualquierotra que me pudiese suceder; porque para mi María era laMadre de Dios y de mi Señor y María llevaba en su seno alque debía ser mi salud y mi salvación.Todo lo que se celebraba en una solemnidad de la iglesiano era para mi solamente una conmemoración o una atenta con-templación, sino que mi alma era introducida dentro, por de-cirlo así, en la fiesta, de modo que la celebraba como si losacontecimientos y los misterios se realizasen ante mis ojos: entodo veía y sentía como si actualmente sucediese y yo estuviesepresente.Dios, que es extremadamente bueno, debe haberse compla-cido de mi buena voluntad infantil, porque Él, desde mi niñezhasta ahora, en el tiempo de Adviento, me deja ver todo en lamisma forma que ha sucedido. Yo me coloco en un pequeñorinconcito y desde allí veo todo. Cuando niña, me sentía máslibre y confiada con todos. Cuando monja, fui más reservaday más tímida. Cuando se lo pedía con íntimo ardor a la Virgen,ella a menudo ponía al Niño Jesús en mis brazos.11. Espera ver a Adán y a Eva en la iglesia.Recuerdo que siendo de cuatro años mis padres me lleva-ron a la iglesia. Yo tenía la persuasión de que allí vería a Diosy encontraría a los hombres muy distintos de lo que eran; creíaque serían luminosos y bellos como había visto a Adán y Eva.Cuando entré, miré por todas partes y no vi nada de lo queme había imaginado. Yo creía que el sacerdote en el altar fueseel mismo Dios. Buscaba a María y creía que todo lo que habíavisto estaría allí dentro; tal era mi deseo más ardiente. Pero nohallé allí lo que pensaba encontrar. Más tarde tuve estos pen-samientos y miraba a algunas mujercitas buenas que llevabanpañuelos en la cabeza y estaban muy compuestas: pensaba queellas podrían ser las personas que yo buscaba; pero no lo eran.Pensaba que María debía llevar un manto azul celeste, un veloblanco y un vestido sencillo y blanco.Cuando más tarde tuve la visión del Paraiso terrenal, bus-caba en la iglesia a Adán y a Eva, tan bellos como eran antesde la caída. Después pensé: “Cuando te hayas confesado, en-tonces los encontrarás». No los encontré tampoco entonces. Fí-nalmente ví en la iglesia a una familia de antigua nobleza, muypiadosa; las hijas estaban vestidas de blanco. Entonces penséque éstas se asemejaban algo a lo que buscaba y tuve para conellas grande veneración; pero tampoco eran ellas lo que yoquería. Tenía la sensación de que todo lo que ahora veía erafeo e impuro. Estaba tan penetrada de estos pensamientos quemuchas veces me olvidaba de comer y de beber, y mis padresdecían: “¿Qué tiene esta niña? ¿Que le ha sucedido a nuestraCatalinita?”Muchas veces, cuando yo era niña, disputaba con la mayorconfianza con Dios y le decía por qué había hecho tal cosa asío aquella otra. .. No podía concebir cómo Dios hubiese dejadonacer el pecado, desde que Él lo tiene todo en sus manos. Sobretodo, la eternidad de las penas infernales me parecía dura sobretodo posible entendimiento. Entonces me sobrevinieron visionesque me instruyeron de tal manera y me amonestaron, que bienpronto estuve convencida de cuán infinitamente justo y amo-roso era Dios y también estuve convencida de que si me hubiesesido posible hacer por mi misma alguna cosa, lo hubiese hechoindeciblemente mal en todos los casos.12. Cómo rezaba con su hermano.Cuando era muy pequeña, mi hermano mayor dormía en lamisma pieza. Era piadoso y muy a menudo rezábamos junto anuestros lechos, por la noche, con los brazos abiertos. Yo veíafrecuentemente a la cámara iluminarse. Cuando había rezadolargo tiempo, me sentía como levantada en alto y una voz medecía: “Vete a tu lecho”. Mi hermano a veces se asustaba, peroyo continuaba rezando mucho tiempo. También mi hermano eramolestado frecuentemente y asustado por el enemigo infernal.Una vez mis padres lo encontraron de rodillas, con los brazosabiertos y aterido de frío.13. Sentimiento de repulsión ante las tumbas de paganos.Yo sentía siempre, sin que me hubiese sido narrado antescosa alguna, repulsión por aquellos lugares que habían sido tum-bas de paganos en otros tiempos. Así hay un lugar cerca denuestra casa, que es una llanura y montecillo de arena, dondede mala gana guardaba las vacas en el pastoreo, porque veíasiempre salir de allí un negro y repugnante vapor, como si fue-se ocasionado por trastos quemados, que se extendía sobre latierra sin poder elevarse. Observé a menudo una especialoscuridad y vi figuras oscuras que originaban aquella negruray vagaban de un lado a otro, bajo tierra, y luego se desvanecían.Pensaba entonces como una niña: “Está muy bien que tengáissobre la cabeza esta tierra encima, pesada y profunda; así nopodéis hacer ningún mal.»Más tarde he visto que cuando en estos lugares se alzanedificios, salía una especie de maldición de aquellos negros hue-sos de los muertos, si los habitantes de esas casas no eran per-sonas piadosas y no estuvieran por la fe ligados y hechos par-tícipes de las bendiciones de la Iglesia, y si con este medio noahuyentaban el mal influjo que nacía de aquellos huesos mal-ditos. Cuando por lo contrario querían los moradores alejar elmal por medios no eclesiásticos o por medios supersticiosos, en-tonces, sin sospecharlo siquiera, venían a ponerse en relacióncon las potencias infernales, y el maligno espíritu adquiría aúnmayor influjo sobre ellos.Me es sumamente difícil hacer comprender estas cosas a losdemás, porque veo todas estas cosas delante de mis ojos, perolos otros se las deben imaginar pensando y reflexionando. Meparece también más difícil comprender cómo para tantos todose confunde y se hace indiferente, lo sagrado y lo no sagrado,el creyente y el incrédulo, lo redimido y lo no redimido, y cómotodos ellos no ven en las cosas sino la apariencia externa, esdecir, el color, si se puede comer o no comer, sacar ganancia ono, o cosas semejantes. Yo veo y siento todas estas cosas demuy distinta manera. Todo lo santo y bendecido lo veo lumi-noso, multiplicándose, reflejando luz y difundiendo salud y ayu-da; al contrario, todo lo profano, todo lo maldecido, lo veo siem-pre oscuro, difundiendo tinieblas y ocasionando perdición. Veola luz y las tinieblas saliendo, según su naturaleza, del bien odel mal, obrar con mucha vivacidad en sentido de luz o de ti-nieblas. Es en esta forma como todo me es mostrado.14. La dirección que da Dios a los hombres.No puedo decir de qué modo las visiones en estos cuadrosse juntaban, según su significación, con mis ocupaciones exter-nas. pero es cierto que yo hacia una cosa o evitaba otra sindescuidar nada de lo que me era impuesto y debía hacer en lavida externa. Esto lo he entendido muy distintamente, aunqueyo no tenía a nadie que pudiese comprender mis declaraciones aeste propósito. Pienso que esto mismo sucede a toda personaque desde la juventud trabaja con celo para llegar a su fin, quees la felicidad eterna. Esta dirección que Dios le concede espara esa persona invisible. Otros, en cambio, que son ilumina-dos de lo alto, pueden ver esta dirección durante todo su curso,como yo misma la he visto en mi misma y en otras personas.También aquella persona que no descubre esa dirección obrarásegún ella y recogerá todas las bendiciones, siempre que siga losimpulsos, insinuaciones y amonestaciones que Dios le hace lle-gar por medio del Angel Custodio o de la plegaria, del confesor,de los superiores, del sacerdocio, de la Iglesia o por medio delos acontecimientos y de las disposiciones diarias.La vida ordinaria, donde quiera que yo mirase, no hacíamás que mostrarme la imposibilidad de que yo pudiese entraren un convento; las visiones, en cambio, siempre, y con seguri-dad, me conducían, y yo recibía un interno convencimiento deque Dios lo puede todo y que El me conduciría hasta la meta.Esto me daba firme confianza.15. Su manera de vestir y de adornarse.Preguntado por el Padre Overberg acerca de su modo devestir, Ana Catalina respondió:Yo era siempre muy ordenada y limpia en el vestir, no porcausa de los hombres, sino por respeto y consideración a Dios.Mi madre a menudo no me vestía siempre como yo deseaba;entonces me iba a mirar en el agua o en el espejo y volvía aordenar mi vestimenta. El vestirse con orden y limpieza hacebien al alma. Cuando en las oscuras mañanas del invierno ibaa tomar la santa Comunión, me vestía con tanto cuidado comoen los días serenos, porque esto lo hacía para honrar a Dios yde ninguna manera por el mundo.16. El “Via crucis» de Koesíeld.Una vez fui con una amiga, a las tres de la mañana, a reco-rrer el Vía crucis de Koesfeld. Teníamos que pasar los murosruinosos de la ciudad. Cuando al volver rezábamos delante dela iglesia, vi la cruz, con todos sus ex-votos y dones que pen-dían de ella, salir de la iglesia y venir hacia nosotras. La hevisto clara y distintamente. Mi compañera no la vió, pero oyóel rumor de todas aquellas cosas que pendían de la cruz. Mu-chas veces solía ponerme detrás del altar mayor y rezar delantede la cruz milagrosa; allí me sucedió a menudo que el Salvadorcrucificado se inclinaba hacia mí. Yo experimentaba entoncesuna sensación maravillosamente extraña.17. Compasión por los enfermos y los pecadores.Desde niña oraba yo menos por mí misma que por los de-más para que no cometieran pecado y no se perdiera ningúnalma. Todo se lo pedía a Dios y cuanto más Dios me concedía,más le pedía y nunca me cansaba de pedirle. Era yo muy atre-vida en su presencia, pues estaba persuadida de que siendoSeñor de todas las cosas, mira con buenos ojos que le pidamoscon recta intención.Siendo niña, todavía muy pequeña, tenía que vendar lasheridas a los vecinos, porque yo lo hacía más suavemente y conmás cuidado. Cuando veía alguna llaga, decía para mí: “Si laoprimo, dolerá mucho; pero debe salir». Y tuve la idea de chuparlas llagas, y se curaban. Nadie me ha enseñado esto; me lo su-girió el deseo que tenía de que se curasen. En el primer momentosentía asco; pero este mismo asco me movió a vencerlo, porquees falsa compasión. Cuando vencía pronto el asco, experimentabaviva alegría; acordábame entonces de Nuestro Señor Jesucristo,que así obró por la salud de todos.El médico del monasterio, que era un tanto recio de carác-ter, había increpado duramente a una pobre señora que teníaun dedo inflamado, muy maltrecho y aún el brazo ya negro porhaber descuidado el mal de su dedo. Le había dicho hasta quedebía cortarle ese dedo. Muy espantada vino la pobre señoraa lamentarse conmigo y a contarme el caso, implorando ayuda.Rogué por ella y al momento me vino al pensamiento el modode curarla. Se lo conté a la Reverenda Madre y ella me per-mitió curar el dedo de esa señora en la estancia del abate Lam-bert. Tomé de la planta savia, mirra y yerba Santa María (bal-samita suaveolens) y las hice cocer en agua con un poco de vino;luego añadí agua bendita e hice un emplasto en torno del brazode la enferma. Dios debe habérmelo inspirado, porque al díasiguiente el brazo estaba deshinchado, y el dedo, que estabaaún muy malo, lo hice meter en una lejía caliente con óleo; pocodespués se abrió y extraje de él una gruesa espina. Muy prontoaquella mujer se encontró perfectamente sana.Yo no puedo tener compasión por una persona que sufrepacientemente, como por un niño que padece con paciencia, por-que el padecer con paciencia es el estado más increíble paraeste cuerpo revestido de pecados. Raras veces nuestra compa-sión es del todo pura: muchas veces se mezcla repugnanciapropia hacia el dolor y un cierto afeminado temor de la turba-ción que sentimos en nuestro bienestar al ver los padecimien-tos ajenos. La sola compasión pura fue la de Nuestro Señorhacia los hombres: ninguna compasión humana puede ser pura,si no está en estrecha unión con la compasión del Señor. Tengosólo compasión hacia los pecadores, hacia los ciegos de espíritu,hacia los entregados a la desesperación. Y ¡ay! hacia mi mis-ma tengo con frecuencia demasiada compasión.Una campesina estaba sujeta a graves penas y a peligrode muerte en cada parto. Ella me quería mucho y se desaho-gaba con frecuencia conmigo a causa de sus miserias, y yo ro-gaba de corazón por ella. Mientras yo estaba en oración, recibíun trozo de pergamino en el cual había algo escrito. Tuve tam-bién el aviso de que esa pobre mujer llevase sobre el cuerpoaquel fragmento de pergamino. Ella lo usó como yo le habíaindicado y desde entonces tuvo partos felices. Cuando años mástarde murió, según la costumbre de nuestros países, llevó con-sigo a la tumba aquel pergamino.18. Pide al Señor un director espiritual.Yo clamaba a menudo al Señor que se dignase mandarmeun sacerdote con el cual pudiera abrir enteramente mi corazón.No pocas veces me encontraba en la mayor angustia, temiendoque cuanto pasaba por mi fuera obra del maligno. Caí en lasdudas y por temor de ilusiones rechazaba todo lo que tenía antelos ojos, lo que sufría, todo aquello de que vivía y que, por otraparte, me servía de consolación y fuerza. Es verdad que elabate Lambert trataba de tranquilizarme; pero como yo meencontraba fuera de toda posibilidad de mostrarle con claridadlos acontecimientos de mi modo de vivir, y él conocía poco elalemán, mis angustias se repetían frecuentemente.Todo lo que me sucedía y me era confiado a mi, pobre cam-pesina ignorante, me era incomprensible, aunque, por haberlorecibido desde la infancia, no debía parecerme extraño ni ma-ravillarme. Durante los últimos cuatro años de claustro yo vivíaen una visión continua y me sucedían de continuo cosas seme-jantes. Viviendo en este estado, no podía comunicarlas a otraspersonas, las cuales, no habiendo probado ni imaginado cosassemejantes, las tenían sencillamente por imposibles. En esteinterno abandono en que me encontraba, rogué al Señor unavez en la iglesia solitaria, y he aquí que entendí clara y distin-tamente estas palabras, que me llenaron de profunda emoción:“¿No soy Yo, acaso, suficiente para ti?”19. Da cuenta del carácter de sus éxtasis.Cuando se me hizo imposible esconder mis sufrimientos ycaía en éxtasis delante de las demás hermanas, me encontré unavez en el coro y sin participar en el canto común, me puse comorígida y petrificada, de modo que caí al suelo. Las hermanasacudieron y me transportaron, mientras yo veía una monja va-gar por los techos de la iglesia hasta el más alto caballete dondeno era posible llegar. Después me fue dicho que esa monja eraSanta Magdalena de Pani, que en vida tenía los estigmas delSeñor. Otra vez la vi correr por la cornisa del coro; otra, subirsobre el altar y aferrar la mano del sacerdote. De todas estasmanifestaciones peligrosas fui enseñada sobre mi propio estadoy me puse atenta para no caer en estas mismas cosas cuantofuera posible. Al principio mis hermanas, que nada compren-dían de esto, me reprochaban que yo me echase a veces en laiglesia de boca al suelo con los brazos abiertos.Esto me pasaba sin que yo lo pudiese impedir. Por eso yobuscaba siempre lugares escondidos donde no pudiese ser fácil-mente observada. Pero unas veces en un lugar, otras veces enotro, yo era arrebatada en éxtasis. quedaba inmóvil y postradaen el suelo o de rodillas, con los brazos abiertos, y en tal posi-ción me encontraba el sacerdote del monasterio.Tenía muchos deseos de ver a Santa Teresa, porque habíaoído decir que ella había sufrido muchas angustias por causade sus confesores. Y la he visto muchas veces débil y enfermaescribiendo sobre una mesita o postrada en su lecho. Me pareceque existe una íntima manifestación de que Magdalena de Pazzihabía sido muy acepta a Dios por causa de su ardiente amor ysimplicidad.En mis ocupaciones de sacristana me sentía muchas vecesarrebatada de improviso y subía, caminaba y vagaba por loslugares altos de la iglesia, sobre las ventanas, sobre los ador-nos, sobre las comisas. A lugares donde parecía imposible llegarhumanamente, yo llegaba para limpiar y para adornar. Me sen-tía elevada, sostenida en el aire, sin espantarme por ello, porquedesde la infancia estaba acostumbrada a probar la ayuda de miAngel Custodio. Muchas veces, volviendo del éxtasis, me encon-traba sentada sobre un armario donde conservaba los objetos dela sacristía; otras veces volvía en mi en un ángulo, detrás delaltar, donde no podía ser vista ni del que pasara delante. Nopuedo pensar como podía llegar hasta allí sin desgarrarme losvestidos, ya que era difícil el acceso. A menudo, al volver en mimisma, me encontraba sentada sobre los caballetes principalesdel techo. Esto me sucedía generalmente cuando me escondíapara llorar. He visto a Magdalena de Pazzi vagar de este modode un lado a otro y de modo extraño correr por los tirantes,sobre caballetes y aún sobre los altares.El Padre Overberg preguntó a Ana Catalina cómo distin-guía el éxtasis de los desmayos de debilidad, y ella contestó:En los desvanecimientos por debilidad me siento mal y su-fro tan fuertemente en el cuerpo que me parece estar a puntode morir. En los éxtasis no siento nada corporal: a veces estoyalegre, a veces melancólica. Me alegro de la gran misericordiade Dios hacia los pecadores, que Él busca para retraerlos delmal y a los que tan amorosamente recibe.La tristeza la siento pensando en los pecados con los cualeses Dios tan horrendamente ofendido. A menudo, durante lasmeditaciones, me parece ver el cielo y a Dios en el cielo. Cuandome encuentro en amargura, me parece que camino por un sen-dero tan angosto, apenas ancho como un dedo; a los dos ladosveo negros abismos, inmensamente profundos. Sobre mi cabezatodo es bello y verde, y un niño luminoso me da la mano y meguía por aquella vía tan estrecha. Cuando me encontraba enmedio de la angustia y la aridez, el Señor me decía: “Te bastami gracia.» Esto me lo decía al oído de un modo sumamentedulce.20. Varios casos de bilocación.A menudo, mientras me hallaba ocupada en un trabajo opostrada en el lecho, enferma, me encontraba al mismo tiempopresente en espíritu en medio de mis hermanas, viendo y oyen-do lo que ellas hacían o decían; o en la iglesia, delante del San-tísimo, cuando en realidad no había dejado mi celda. Como su-cedía esto, no lo puedo explicar. La primera vez que me ocu-rrió lo tuve por sueño. Esto me sucedió al tener quince años deedad, demorada fuera de mi casa paterna, mientras me sentíamovida a rezar mucho por una joven que necesitaba ser preser-vada de la seducción. Una vez, en efecto, durante la noche, hevisto que esta joven era insidiada. En la angustia que sentía porella, corrí a su cámara, eché al servidor de la casa y encontré ala joven, que era una criada, en el mayor espanto, el cual seaumentó al verme entrar en su pieza. En realidad, yo no habíaabandonado mi lecho, y por eso consideré el caso como un sueño.Al día siguiente apareció aquella sirvienta muy tímida y aver-gonzada delante de mí, sin atreverse a mirarme a la cara. Mástarde, empero, me contó todo el caso, con las acciones de graciasmás cordiales. Me dijo que yo había echado al tentador: cómohabía yo entrado en su pieza y la había librado de la seducción.Entonces tuve que pensar que lo sucedido había sido muy otracosa que un simple sueño.En otras épocas de mi vida me sucedieron frecuentementecasos semejantes. Cierta vez una dama extranjera, a quien ja-más había visto con mis ojos corporales, se me acercó, y cuandopudo hablarme a solas, prorrumpió en llanto y me contó, congrande arrepentimiento, su culpa y su conversión. Recién en-tonces conocí a esta dama y su historia como una de aquellasobras de oración que me imponía Dios desde mucho tiempoatrás.No sólo fui mandada en espíritu a tales personas, sino algu-nas veces corporalmente. En las construcciones anexas al con-vento habitaban las personas seglares de servicio. Mientras meencontraba tendida en el lecho, gravemente enferma, he vistoa dos de esas personas juntas, conversando sobre asuntos pia-dosos en palabras, mientras en sus corazones se agitaban inten-ciones perversas. Me levanté en visión y atravesé el conventohasta llegar a la casa anexa para alejar a esas personas, una deotra. Cuando me vieron, huyeron espantadas; pero me dejaron,aún después de aquel momento, mala impresión de lo aconte-cido. Durante el retorno, volví en mi misma, y me encontré enmitad de la escalera del monasterio; sólo con grande fatiga, acausa de mi debilidad, pude llegar hasta mi celda.Sucedió también que una hermana pretendió haberme vist0en la cocina, junto al fogón, comiendo algo sacado furtivamentede la olla, o comiendo frutas en el jardín. La hermana corriócomo un relámpago hasta la superiora para descubrirle lo quellamaba un engaño; pero fui encontrada en mi celda, gravemen-te enferma. Estas cosas eran causa de que mi estado fuera des-agradable a mis hermanas, pues no sabían qué concepto for-marse de mí.21. La oración y la buena voluntad de orar bien.Me encontraba en la iglesia, precisamente en el lugar dondeme solía hincar para rezar. En torno mío todo era claro y lu-minoso. He visto que dos mujeres hermosamente vestidas esta-ban hincadas al pie del altar mayor, con la cara vuelta al taber-náculo y me pareció que oraban con mucho recogimiento y pie-dad. Mientras las miraba rezar con tanta devoción aparecierondos coronas de oro muy resplandecientes como pendientes de unhilo sobre las cabezas de las dos mujeres. Me acerqué más y vique una de las coronas se posó sobre la cabeza de una de lasmujeres que oraban; la otra corona permaneció suspendida so-bre la cabeza de la otra mujer. Finalmente se levantaron ambasy yo les dije que habían orado con mucha devoción. «Sí, replicóuna, hace tiempo que no había rezado tan devotamente y contanto sentimiento como hoy.” La otra, empero, sobre la cual sehabía posado la corona, se lamentó diciendo que hubiera que-rido haber rezado con recogimiento y piedad, pero que se sintióturbada por toda clase de distracciones cuando quería recogerse;durante todo el tiempo de la oración, dijo, había tenido que lu-char contra estas distracciones. Entonces comprendí claramentecómo el buen Dios mira sólo al corazón de los que rezan.22. Le es mostrada la acción del Angel Custodio.Debiendo cruzar un puente muy estrecho, miraba con grantemor lo profundo de las aguas que corrían debajo; pero mi An-gel Custodio me guió felizmente a través del puente. En laorilla había una trampa armada y en torno de ella saltaba unratoncillo; de pronto se sintió tentado de morder el bocado queveía y quedó preso en la trampa. “¡Oh desventurada bestiezue-la, dije yo, que por un bocado gustoso sacrificas la libertad y lavida!» “He aquí, me dijo mi Angel Custodio, ¿obran los hom-bres racionalmente cuando por un corto placer ponen en peli-gro el alma y la salud eterna?»23. Sufre por sus padres y los sana.Recuerdo que mi madre estaba en cama con la cara hin-chada, muy encendida. Yo me hallaba sola con ella y sentíamucha pena. De rodillas en un rincón oré fervorosamente ydespues le até un paño alrededor de la cabeza y volví a rezar.De pronto sentí un agudo dolor de muelas y se me hinchó lacara. Cuando llegaron los demás de casa, mi madre estaba yarestablecida. Yo mejoré después.Algunos años después sentí dolores casi insoportables. Mispadres se hallaban gravemente enfermos. Yo estaba junto a sucama, de rodillas, pidiendo a Dios por ellos. Entonces vi mismanos juntas sobre ellos: me sentia movida a ponérselas enci-ma mientras oraba, para que sanaran.24. Compadece a los judíos.Mi padre me llevaba algunas veces consigo, siendo yo niña,cuando tenía que ir a Koesfeld a comprar alguna cosa, a latienda de un judío. Me daba tanta lástima ver a este desdichado,que yo lloraba con frecuencia amargamente porque los de suraza tienen tan duro el corazón y no quieren hallar la salud.¡Cuán dignos son de compasión! Los actuales judíos no procedende aquellos que antiguamente fueron santos, sino de ascendien-tes corrompidos y farisaicos. Siempre estuve profundamenteconvencida de la miseria y ceguedad de los judíos; sin embargo,a menudo hallé que se puede hablar muy bien con ellos de Dios.¡Pobres judios!. . . Poseyeron un dia el germen de la salud; perono conocieron los frutos; antes bien, los rechazaron. ¡Y ahorani siquiera lo buscan!.25. Ve la muerte de Luis XVI.Ana Catalina estuvo presente en espiritu en numerosasejecuciones, prestando consuelo a los moribundos. Al comemplaral rey Luis XVI, exclamó:Cuando vi a este rey y a otros muchos padecer la muertecon tanta resignación, no pude menos de decir: «¡Ah! ¡qué di-cha la suya, verse libre muy pronto de tan cruel tortura!». Perosi refería estas cosas a mis padres, no me creían y me teníanpor loca.Muchas veces lloraba yo y oraba de rodillas pidiendo aDios que se dignara salvar a aquellos e quienes veía en peligro.He visto y experimentado que por la oración confiada se con-juran peligros inminentes y aun remotos.26. Recibe las participaciones de las almas.Siendo todavía niña fui conducida por una persona, a lacual no conocía, a un lugar que me pareció el Purgatorio. Vimuchas almas allí que sufrían vivos dolores y que me suplica-ban que rogara por ellas. Parecíame haber sido conducida a unprofundo abismo donde había un amplio espacio que me causóimpresión de espanto y conmoción. Vi allí a hombres muy si-lenciosos y muy tristes, en cuyo rostro se conocía, a pesar detodo, que en su corazón se alegraban, como si pensaran en lamisericordia de Dios. Fuego no vi ninguno; pero conocí queaquellas pobres almas padecían interiormente grandes penas.Cuando oraba con gran fervor por las benditas almas, oíamuchas veces voces que me decían al oído: “¡Gracias, gracias!»Una vez había perdido, yendo a la iglesia, una pequeña medallaque mi madre me había dado, lo cual me causó mucha pena.Tuve por pecado no haber mirado mejor por aquel objeto y conesto me olvidé de rezar aquella tarde por las benditas almasque más amaban a Dios. Pero cuando fui al cobertizo por leña,se me apareció una figura blanca, con manchas negras, que medijo: “¿Te olvidas de mi?» Tuve mucho miedo y al punto hice laoración que había olvidado, La medalla la encontré al día si-guiente bajo la nieve, cuando fui a hacer oración.Siendo mayor iba a misa temprano a Koesfeld. Para orarmejor por las ánimas benditas tomaba un camino solitario. S1todavía no había amanecido, las veía de dos en dos oscilar de-lante de mí como brillantes perlas en medio de pálida llama.El camino se me hacía muy claro y yo me alegraba de que lasalmas estuvieran en torno mío, porque las conocía y las amabamucho. También por la noche venían a mi y me pedían alivio.El modo como se reciben las participaciones de los espíri-tus, es difícil de explicar. Todo lo que se recibe es extremada-mente breve. Entiendo más en este caso de una sola palabraque comúnmente de treinta. Se entiende el pensamiento de aquelque habla, pero no se ve con los ojos y todo esto es, sin embargo,más claro y distinto de lo que puedo decir. Esto se recibe conuna sensación de gozo, como quien en un día de caluroso veranorecibiera una brisa fresca. No se puede expresar mejor con palabras.Todo lo que aquella pobre alma me dijo era muy breve,como sucede en todas las comunicaciones de esta índole; contodo esto, la inteligencia de las comunicaciones de las almas delPurgatorio es de mayor dificultad; sus voces tienen algo de so-focado y de ronco, como si pasasen por medio de un instrumen-to, que rompe la armonía del tono, o como si uno hablase desdelo profundo de un pozo o del fondo de un tonel. Asimismo elsentido de sus palabras es más difícil de entender y debo ponermás atención a estas voces que cuando me habla mi guía o elSeñor o un santo. En estos últimos casos parece que las palabrassurgiesen y penetrasen en nuestro interior como un límpido to-rrente aéreo y en seguida se sabe y comprende cuánto dicen.Una sola palabra expresa más el interés del alma que un dis-curso entero que se pronuncia comúnmente hablando.27. Ve los diversos misterios de la fe.Teniendo yo de cinco a seis años, y considerando el primerartículo de la fe católica: “Creo en Dios Padre Todopoderoso,Creador del cielo y de la tierra», se representaba en mi almatoda suerte de imágenes de la creación del cielo y de la tierra.Veía la caida de los ángeles, la creación de la tierra. del paraísoterrenal y de Adán y Eva y su pecado. Creía yo que todos veíanestas cosas lo mismo, y hablaba de ellas sin reparo a mis padres,a mis hermanos y a otros niños. . . hasta que noté que se bur~laban de mi y me preguntaban si tenia yo algún libro en queestuvieran escritas. Entonces empecé a guardar silencio, cre-yendo que no convenía hablar de ellas; pero no pensé especial-mente sobre esto.Estas visiones se me representaban ya de noche, ya de día,en el campo, en casa, andando, trabajando y en cualquier otraocupación. Una vez, estando en la escuela, hablé inocentementede la resurrección de distinto modo del que nos habían ense-ñado, con seguridad, y creyendo sinceramente que los demássabían lo mismo que yo, sin sospechar que el conocimiento queyo tenía fuese un privilegio personal. Los demás niños se admi-raron y se burlaron de mí y el maestro me amonestó severa-mente para que no me imaginara tales cosas. Pero yo seguíaen silencio con estas visiones, como un niño que contempla unaestampa y se la explica a su manera, sin preguntar qué signi-fica esto o aquello. Porque así como veía en las estampas de lahistoria sagrada representarse el mismo objeto ya de una ma-nera ya de otra, sin que esta diversidad causara mudanza algunaen mi fe, así pensaba yo que las visiones que tenía, eran milibro de estampas y las contemplaba en paz y siempre con estaintención: todo para mayor gloria de Dios.Tratándose de cosas espirituales nunca he creído sino lo queDios ha revelado y propone a nuestra fe, mediante la IglesiaCatólica, haya sido o no escrito. Pero nunca he creído lo que hevisto en visiones con la misma fuerza que lo que propone laIglesia creer.Contemplaba las visiones, así como en diferentes lugaresmiraba devotamente los pesebres del Niño Jesús, considerán-dolos piadosamente, sin sentirme turbada por la diversidad queadvertía en unos y otros: en cada uno de los pesebres adorabaal mismo Niño Jesús. Lo mismo me sucedía en las visiones de lacreación del cielo y de la tierra.De los Evangelios y del Antiguo Testamento nunca he rete-nido precisamente cosa alguna, pues todo lo he visto, durantetoda mi vida, todos los años, con claridad y puntualmente, conlas mismas circunstancias, aunque a veces variando la escena.Frecuentemente ocupaba yo el mismo lugar y posición quelos demás espectadores y estaba presente tomando parte enlos hechos y variando de lugar; pero no siempre estaba en lamisma posición, pues muchas veces me hallaba levantada so-bre la escena y la miraba desde arriba.Otras cosas, especialmente en lo que tenían de misterioso.las veía yo interior e intuitivamente y algunas veces las veía enimágenes, fuera de la respectiva escena. Siempre veía yo a tra-vés de los objetos, de suerte que ninguno me impedía ver loque había detrás de él, sin confusión alguna.Cuando era niña, antes de entrar en el convento, tenía mu-chas visiones relativas al Antiguo Testamento; pero después sehicieron más raras cada vez y más frecuentes las que se refe-rían a la vida del Señor. Conozco la vida de Jesús y de Maríadesde su más tierna infancia; y he considerado a la SantísimaVirgen muchas veces en su niñez y lo que hacía cuando estabasola en su habitación y sé también los vestidos que usaba. Entiempos de Jesucristo veía yo a los hombres mucho más malosy depravados que ahora; pero, en cambio, había otros muchomás piadosos y sencillos, que se diferenciaban de aquéllos comoel tigre del cordero. Ahora reina por doquiera la tibieza y laindiferencia. Entonces la persecución de los justos consistía enejecuciones y suplicios; ahora en burlas. desprecios. sátiras. ten-taciones prolongadas y esfuerzos para corromperlos. El martirioes ahora un suplicio perpetuo.28.Absorta en Dios.En mi niñez yo estaba siempre absorta en Dios. Todas lascosas las hacía con interior desasimiento de ellas y siempre es-taba en contemplación. Aunque fuera con mis padres al campoa trabajar, nunca permanecía en la tierra. Aqui todo era comoun sueño oscuro y confuso; pero lo otro era claridad y verdadcelestial.Representémonos el cielo y la tierra y hagamos todas lascosas en nombre de Jesús, acordándonos siempre que el NiñoJesús está entre nosotros. No hagamos nunca cosa mala. Cuandopodamos impedir el mal, impidámoslo; donde veamos lazos ypiedras puestas por los muchachos para atrapar liebres y aves,quitémoslos para que no logren su intento ruin. Demos principiopoco a poco a un mundo enteramente diferente de éste, paraque la tierra se convierta en cielo.29. Acompaña a Jesús y a María en sus viajes.Desde mi infancia he acompañado paso a paso, durantetodo el Adviento, a Jesús y María en su viaje desde Nazaret aBelén y todos los años hasta ahora los he acompañado de lamisma manera. La solicitud que yo tenía cuando niña por laMadre de Dios, durante sus viajes, era tan grande y sentía conella las penalidades del camino tan real y vivamente como cual-quier otro suceso exterior que me hubiese ocurrido en mi ju-ventud. Verdaderamente esto me llegaba hasta el alma, másque otras cosas y en esto tomaba mucho más parte que en todolo que pudiera sucederme, pues María era para mi la Madre demi Dios y Señor y en su seno llevaba mi salud. Todo lo que secelebra en las festividades de la Iglesia era para mí, no ya unrecuerdo o motivo de atenta consideración, sino mucho más,pues mi alma era movida y como impulsada a celebrarlas cualsi sus misterios sucediesen y los sucesos se verificasen en mipresencia. Yo lo veía y lo sentia todo como si realmente suce-diera delante de mi.30. Amante de las plantas y animales.Nunca he podido admirarme de que Juan (el Bautista)aprendiese tanto de las flores y de los animales en el desierto,pues siendo yo niña, todas las hojas y florecillas eran para micomo un libro en el cual sabía leer. Conocía la sigmficacion ybelleza de sus colores y sus formas; pero si hubiese hablado deesto se habrían reido de mí. Cuando salía al campo, solía con-versar con todas las criaturas, pues Dios me había dado conoci-miento de todo esto y yo me elevaba a la vista de las flores yde los animalillos. ¡Qué suave era todo eso!Aun era yo muy joven cuando me dió una fiebre, mas noguardaba cama. Mis padres creían que yo moriría pronto. En-tonces se llegó a mí un hermoso niño y me mostró unas hierbasque yo debía elegir y comer para ponerme buena. Todavía co-nozco estas plantas. Entre ellas había enredaderas. Comí de lashierbas y, sentándome, chupé del jugo de las campanillas de lasenredaderas, y luego me sané. La planta de la manzanilla megustaba de un modo especial. No sé qué de suave y misteriosotiene para mi este nombre. La buscaba siendo todavía muy niñay la tenia preparada para los pobres enfermos que me buscabany me mostraban sus llagas o alguna herida, preguntándome quéme parecía. Entonces se me ocurrían multitud de inocentes re-medios, con los cuales recobraban la salud.31. El sonido de las campanas y su eficacia.Cuando era niña percibía yo, como si fueran rayos de ben-dición, los sonidos de las campanas benditas, las cuales tan pron-to como eran tañidas, quitaban el mal causado por el enemigodel género humano. Creo ciertamente que las campanas benditasahuyentan a Satanás. Cuando en mi juventud oraba yo en elcampo durante la noche, veía a los demonios muchas veces entorno de mí; pero tan pronto como las campanas de Koesfeldtocaban a maitines, advertia que huían. Siempre creí que mien-tras la lengua de los sacerdotes resonara tan lejos. como en losprimeros tiempos de la Iglesia, no habría necesidad de las cam-panas; pero ahora es necesario que llamen las lenguas de bronce.Todas las cosas deben servir a Dios nuestro Señor. contribuyen-do a la salud y asegurándola contra el enemigo de las almas.Jesús ha otorgado su bendición a los sacerdotes para queesta bendición llegue a todas las cosas, penetrando y obrando enellas de cerca y de lejos para su servicio. Allí donde el espírituse ha apartado de los sacerdotes y las campanas son las únicasque derraman bendiciones y ahuyentan a las potestades infer-nales, sucede como en el árbol cuya copa florece: que recibeaún la savia por la corteza, a pesar de que el interior estamuerto.El sonido de las campanas benditas es para mi el más san-to, más alegre, más vigoroso y suave que todos los demás soni-dos, los cuales me parecen turbios y confusos en comparacióncon aquél. Ni siquiera el sonido del órgano de la iglesia puedecompararse con el de las campanas benditas.Nunca he conocido diferencia alguna en el lenguaje de lasceremonias sagradas, porque siempre he entendido no sólo laspalabras sino la cosas mismas. Cuando niña, el Evangelio deSan Juan era para mí como luz y fortaleza, como bandera. Entodas las necesidades y peligros decía yo con firme confianza:“El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros». Nunca pudecomprender, aunque después lo oí de labios de sacerdotes, queesto no pueda entenderse.32. Lugares infestados por demonios.No lejos de nuestra casa hay un lugar completamente es-téril en medio de otras tierras que producen frutos. Cuandosiendo niña pasaba por aquel lugar, siempre sentía espanto yme parecía que era lanzada de allí; varias veces caí al suelosin saber como había sucedido. Veía como dos sombras negrasque andaban vagando y que los caballos solían espantarse cuan-do se acercaban. Habiendo experimentado muchas veces cuantemeroso era aquel lugar, pregunté la causa y me respondieronlas gentes que habían visto allí cosas extrañas. Esto no era con-forme a la verdad. Más tarde me dijo mi padre que durante laguerra de los siete años había sido fusilado alli un soldado deHanóver, que era inocente, el cual había padecido por culpa deotros dos. Cuando oí esto, ya había yo recibido la primera co-munión.Durante la noche hice oración con los brazos en cruz en elreferido sitio. La primera vez esto me costó gran violencia; lasegunda, vino una figura como la de un perro que puso su cabezasobre mi espalda. Yo le miré y vi sus ojos encendidos y su ho-cico. Temí, pero no me desconcerté, sino que dije: “¡Oh, Señor,Tú que hiciste oración en el Huerto de los Olivos en medio delas mayores angustias, Tú estás conmigo. El demonio nada pue-de contra mí”. Comencé, pues, a orar de nuevo y el enemigo sealejó.Cuando volví a orar en aquel paraje, fui arrebatada y comolanzada a una cueva que había allí cerca. Pero tuve firme con-fianza en Dios y dije: “¡Nada puedes contra mí, Satanásl” y eldemonio huyó. Seguí orando fervorosamente, y desde entoncesno he vuelto a ver las sombras y todo ha quedado tranquilo.33. Defectos naturales.En juventud era bastante vehemente y caprichosa, porlo cual padres me castigaban con frecuencia. El mortificarmi propio juicio me costaba mucho trabajo. Como mis padres mereprendían tantas veces y nunca me alababan, y, por otra parte.yo oía a otros padres alabar a sus hijos, me tenía por la hija másdesgraciada del mundo y me entristecía pensando si acaso seríamala en la presencia de Dios. Pero cuando veía que otros niñosdisgustaban a sus padres, me afligía; mas luego cobraba ánimoconsiderando que podía confiar en Dios, pues eso no era yo ca-paz de hacerlo.34. Los templarios.En mi niñez, cuando veía por primera vez que los soldadosatravesaban nuestro país, creía siempre que vendrían de aque-llos que yo había visto en espíritu. Es por eso que los buscabasin cesar, si no veía entre los soldados que había también religio-sos. Llevaban vestidos blancos con varias cruces y un cinturóndel cual pendía una espada. Los vi habitar lejos, entre los turcos;tenían prácticas secretas a la manera de los masones y, comoéstos, hicieron perecer a muchas personas. Me asombraba nover jamás soldados como ellos entre las tropas que pasaban; perodespués supe que no existían más, desde hacía tiempo y queeran los caballeros templarios.35. Las lecciones de su madre.Las primeras lecciones de catecismo las aprendí de mi madre.Su dicho favorito era: «Señor, hágase tu voluntad y no la mía».y éste: «Señor, dame paciencia y aflígeme después». Estas pa-labras siempre las he conservado en mi memoria.Cuando jugaba con otros niños, decía mi madre: “Siempreque los niños juegan con modestia unos con otros, los ángeles o elNiño Jesús están con ellos». Esto lo creía yo al pie de la letra y nome causaba admiración; así que miraba con frecuencia al cielopara ver si venían pronto y otras veces creía que estaban con nos-otros. Para que no se fuesen de nuestro lado, siempre jugába-mos juegos moderados y edificantes.Cuando tenía yo que ir a la iglesia en compañía de otros ni-ños, iba delante o detrás de todos, para no oír ni ver durante elcamino ninguna cosa mala. Mi madre me había recomendado estoy exhortado a que, entretanto, rezara unas u otras oraciones.Cuando me hacía la señal de la cruz en la frente, en la boca y enel pecho, decía yo interiormente: “Estas cruces son las llavespara que no entre ninguna cosa mala en el pensamiento, ni enla boca, ni en el corazón. Sólo el Niño Jesús debe tener la llave;y si sólo Él la tiene, todo irá bien».36. La conducta de su padre.Mi padre era sumamente recto y piadoso, de carácter severoy franco al mismo tiempo. La pobreza le hacía afanarse y trabajarmucho; pero no se inquietaba de cómo mantener a su familia,pues todas las cosas las ponía con filial confianza en las manos deDios y hacía su dura labor como un criado fiel, sin angustia y sincodicia.Una vez nos refirió que había un hombre muy grande lla-mado Hün que iba por el aire. Yo soñaba que veía por encimade la tierra a ese hombre, el cual con una pala arrojaba tierrabuena en unas partes y tierra mala en otras. Como mi padretrabajaba mucho, me acostumbró desde niña al trabajo. En in-vierno y en verano al despuntar el día yo salía al campo a bus-car el caballo. Era una mala bestia que daba coces y mordíay muchas veces huía de mi mismo padre; pero se dejaba sujetaren seguida por mí y aún venía corriendo a mi encuentro. A ve-ces daba yo un salto desde una piedra u otro lugar elevado parasubir sobre él y asi me llevaba a casa. Solía entonces volver lacabeza para morderme; pero yo lo castigaba y ya no era menes-ter más. También debía conducir con él frutos y estiércol. Ahorano acierto a comprender cómo, siendo yo a la sazón tan débilniña, podía manejarlo.Mi padre me llevaba muchas veces consigo al campo muyde mañana. Cuando salía el sol se quitaba el sombrero y rezabay hablaba de Dios, que hace salir el sol tan hermoso sobre nos-otros. También solía decir que es muy funesto y censurablepermanecer en la cama dejando que salga el sol y nos halle dur-miendo; pues de aquí proviene que las casas, los campos y laspersonas perezcan. Una vez le dije: “A mi no me puede sucederesto, pues el sol no da en mi cama». Mi padre repuso: “Aunquetú no veas el sol cuando sale, él ve todas las cosas y brilla sobretodas ellas». Yo meditaba estas palabras.Cuando salíamos juntos, antes de amanecer, me decía mipadre: “Mira, todavía no ha pasado ningún hombre por aquí;nosotros somos los primeros. Si tú rezas con devoción, bendeci-remos el país y los campos. Es muy hermoso salir cuando toda-vía nadie ha pisado el rocío; aún está en el campo la bendiciónde Dios; porque aún no se ha cometido en él ningún pecado, nise ha dicho en él ninguna palabra mala. Cuando uno sale alcampo y encuentra hollado el rocío, no parece sino que lo vetodo manchado y corrompido».Aunque yo era muy pequeña y débil, trabajaba con mis pa-dres o con mis parientes en las rudas faenas del campo. Siempreacertaba a tomar parte en los trabajos más penosos. Recuerdoque una vez puse en el carro, sin descansar, unos veinte hacesde mies más pronto de lo que el trabajador más robusto pudie~ra haberlo hecho. También trabajaba mucho segando y atandolas mieses.Debía salir al campo con mi padre y llevar caballo, condu-cir la rastra y hacer todo género de faenas. Cuando dábamos al-guna vuelta o nos parábamos, decía: “¡Qué hermoso es esto!Mira, de aquí podemos divisar la iglesia de Koesfeld y contem-plar al Santísimo Sacramento y adorar a Nuestro Señor y Nues-tro Dios. Desde allí nos está viendo y bendiciendo nuestro tra-bajo». Cuando tocaban a misa, se quitaba el sombrero y hacíaoración, diciendo: ‘¡Oigamos ahora misa!” Mientras trabajaba,decia: “Ahora está el sacerdote en el Gloria; ahora llega al Sanc-tus; y ahora debemos pedir con él esto o aquello y recibir labendición”. Después cantaba o repetía alguna tonada.Cuando yo levantaba las mieses, decía: “Se espantan lasgentes al oir la palabra milagro, y he aquí que vivimos de puromilagro y gracia de Dios. Mira el grano en la tierra: ahi estáy de él sale un tallo que produce ciento por uno. ¿No es éstoun gran milagro?» El domingo, después de comer, nos refería elsermón y lo explicaba de un modo muy edificante. También nosleía la explicación del Evangelio.37. Ve a sus antepasados.He visto el cuadro de mi vida antes de mi nacimiento, esdecir, la de mis antepasados, no como árbol genealógico, sinocomo una cosa que se dilataba sobre la tierra en toda clase delugares y condiciones. He visto salir rayos de uno al otro y lue-go reunirse en nudos y derramarse en mil maneras de uno alotro. He visto muchísimas personas piadosas entre ellos y per-sonas de importancia y otras pobrísimas. He visto también unarama entera de mi familia establecerse en una isla. Eran genterica, que poseía grandes barcos, pero ignoro dónde estuviesen.Vi en este cuadro muchísimas cosas y saqué mucha enseñanzaen cuanto a transmitir el todo siempre puro a nuestros suce-sores y de conservar puro o de purificar en nosotros aquello quenos viene de nuestros antepasados. Esto lo reconocí tanto ensucesión y descendencia carnal, como espiritual. He visto tam-bién a los progenitores de mi padre; su madre era una Rensing,hija de un rico comerciante. Era avara y en la guerra de lossiete años sepultó su dinero cerca de nuestra casa. Conozco máso menos el lugar. Sé también que mucho tiempo después de mimuerte, cuando otra familia poseerá la casa, ese dinero seráencontrado. Esto lo sabía yo ya desde niña.38. Trato familiar con el Angel de la Guarda.El Angel me llama y me guía, ya a un lugar, ya a otro. Confrecuencia voy en su compañía. Me conduce adonde hay per-sonas a quienes no conozco o he visto alguna vez, y otras vecesadonde hay otras a quienes no conozco. Me lleva sobre el marcon la rapidez del pensamiento y entonces voy muy lejos, muylejos. El fue quien me llevó a la prisión donde estaba la reinade Francia. Cuando se acerca a mi para acompañarme a algunaparte, las más de las veces veo un resplandor y después surgede repente su figura de la oscuridad de la noche, como un fuegoartificial que súbitamente se enciende.Mientras viajamos, es de noche por encima de nosotros;pero en la tierra hay vislumbres. Vamos desde aquí, a travésde comarcas conocidas, a otras cada vez más lejanas, y creohaber recorrido distancias extraordinarias; ya vamos sobre ca-lles o caminos rectos, ya torcemos por campos, montañas o ríosy mares. Tengo que recorrer a pie todos los caminos y treparmuchas veces escarpadas montañas; las rodillas me flaqueandoloridas y los pies me arden, pues siempre voy descalza. Miguía vuela, unas veces delante de mi y otras a mi lado, siempremuy silencioso y reposado. Acompaña sus breves respuestas conmovimientos de mano o con inclinaciones de cabeza. Es bri-llante y transparente, a veces severo, a veces amable. Sus cabe-llos son lisos, sueltos y despiden reflejos; lleva la cabeza descu-bierta y viste un largo traje, resplandeciente como el oro. Ha-blo confiadamente con él; pero nunca puedo verle el rostro, puesestoy muy humillada en su presencia.Él me da instrucciones y yo me avergüenzo de preguntarlemuchas cosas, pues me lo impide la alegría celestial que expe-rimento cuando estoy en su compañía. Es siempre muy parcoen palabras. Lo veo también cuando estoy despierta. Cuandohago oración por otros y él no está conmigo, le invoco para quevaya con el ángel de aquellos. Si está conmigo, digo muchas ve-ces: “Ahora me quedaré sola aquí; vete tú allá y consuela a esagente». Luego lo veo desaparecer. Cuando llegamos al mar yno sé cómo pasar a la orilla opuesta, de repente me veo del otrolado y miro maravillada hacia atrás.Paso con frecuencia sobre las ciudades. Cada vez que en eloscuro invierno salía ya tarde de la iglesia de los Jesuitas deKoesfeld e iba a nuestra casa de Flamske, a través de nubes deagua y nieve, y sentía miedo, acudía yo a Dios. Entonces veíaoscilar delante de mi el resplandor como llama, que tomaba laforma de mi guía. Al punto se secaba el piso por donde iba;veía con lágrimas lo que estaba en torno mio; dejaba de llovery nevar sobre mi, y llegaba a casa sin mojarme.Estaba yo con mi guía en el Purgatorio veía la granaflicción de aquellas pobres almas, porque no podían valersea sí mismas y cuán poco las socorren los hombres de nuestrotiempo. Indecible es su necesidad. Comprendiendo esto vine a ha-llarme separada de mi guía por una montaña y experimentétan vivo anhelo y afán de volver a su lado, quc casi perdí elconocimiento. Le veía a través de la montaña. pero no podía irhacia él. Entonces me dijo el ángel: “Ese mismo deseo que tusientes lo sienten esas almas para que se les socorra».Llevâbame muchas veces a las cárceles y cavernas para quehiciera oración. A la vista de aquellos lugares lloraba yo de ro-dillas y clamaba a Dios con los brazos abiertos hasta que Él secompadecía.El ángel me exhortaba a ofrecer todas mis privaciones ymortificaciones para las almas benditas, las cuales no puedenvalerse por sí mismas y son cruelmente olvidadas y abandona-das por los hombres. Yo enviaba muchas veces a mi ángel cus-todio al ángel de aquéllos a quienes veía padecer, para que éllos moviese a ofrecer sus dolores por las benditas ánimas. Loque hacemos por ellas, oraciones u otras buenas obras, al puntose convierte en consuelo y alivio para ellas. ¡Se alegran tanto,son tan dichosas con esto y son tan agradecidas! Cuando yoofrezco por ellas mis trabajos, ellas ruegan por mi. Lléname deespanto el horrible abandono y el desperdicio que se hace de lasgracias de la Iglesia que en tal abundancia son ofrecidas a loshombres y que éstos tan poco aprecian, mientras las pobresalmas las anhelan y desfallecen a causa del deseo que tienende ellas.39. La voz de la obediencia.Cuando me veo conducida durante una visión o estoy ocu-pada en alguna obra espiritual que me ha sido impuesta, mesiento de repente llamada a este mundo oscuro como por unpoder lejano, respetable y santo, al cual no puedo resistir. Oigola voz “¡Obediencia!», que resuena en mí dolorosamente, es ver-dad; pero la obediencia es la vida y la raíz de donde procede elárbol de la contemplación.40. Visión del efecto de la Confirmación.Nos dirigimos a Koesfeld los que íbamos a ser confirmados.Antes de acercarnos al obispo estaba yo con mis compañeras ala puerta de la iglesia. Tenía un vivo sentimiento de la solemni-dad que se estaba celebrando y veía a los que salían de la iglesiatransformados interiormente, aunque en diferentes grados, y se-ñalados exteriormente con el carácter indeleble del Sacramento.Cuando entré en la iglesia, vi al obispo que resplandecíavivamente. Había en torno suyo como un ejército de poderescelestiales. Brillaba el óleo de la unción y de la frente de losconfirmados salía luz.Cuando fui ungida, sentí un fuego que penetraba por mifrente y me llegaba al corazón y me sentí fortalecida. Despuéshe visto varias veces al obispo, pero apenas lo he conocido.Desde que fui confirmada nunca pudo mi corazón dejar depedir a Dios que castigara en mí todas las culpas que Él me mos-trase o que yo misma descubriese.41. Las asechanzas del demonio.Siendo niña y aún después, me he visto muchas veces en pe-ligro de perder la vida; pero con el auxilio de Dios siempre hesalido bien. Sobre este punto me ha sido dada con frecuencialuz interior, con la cual conocía que tales peligros no nacían dela ciega casualidad. sino que procedían, por permisión de Di0s,de las asechanzas del enemigo y surgían en los momentos enque me hallaba descuidada; cuando no estaba en la presenciade Dios o cuando consentía, por imprevisión, en alguna falta.Por esta razón no he podido creer nunca que pueda darsemera casualidad. Dios es siempre nuestro amparo y auxiliar. Sinosotros no nos separamos de Él, Su ángel está siempre a nues-tro lado; pero nosotros debemos hacernos dignos de su auxiliocon nuestra voluntad y con nuestras obras. Debemos acudir a Élcomo hijos agradecidos y no separarnos de Él, pues el enemigode nuestra salvación anda acechándonos y procura de todos mo-dos perdernos.Tenía yo a la sazón pocos años; mis padres estaban fuera decasa; me hallaba sola. Habíame mandado mi madre que cuidarala casa y no saliera. Vino una mujer anciana y acaso por curio-sear 0 por hacer algo que yo no viera, me dijo: “Ve a mi peraly saca peras; ven pronto, antes que tu madre vuelva». Cai enla tentación; olvidé lo que mi madre me había mandado y corrial huerto de aquella mujer tan apresuradamente que me di ungolpe en el pecho con un arado que estaba oculto entre pajas ycaí al suelo sin sentido. Así me halló mi madre y me hizo volveren mi por medio de un castigo sensible. El dolor del golpe losentí durante largo tiempo. Más tarde supe que el demonio sehabia servido de la mala voluntad de aquella mujer para tentarmi obediencia por medio del apetito desordenado y que habiendocaído en la tentación, puse en peligro mi vida. Esto me hizo sermuy precavida contra la gula y reconocer cuán necesario es alhombre mortificarse y vencerse a si mismo.Cierta vez iba yo de noche a la iglesia, cuando se me pre-sentó una figura semejante a un perro. Puse la mano delante yrecibí tan fuerte golpe en el rostro que me echó fuera del ca-mino. En la iglesia se me hinchó la cara y las manos se me lle-naron de ampollas. Hasta que volví a casa estuve desconocida.Me lavé con agua bendita. Camino de la iglesia había un cercoque era preciso salvar sobre una tabla. Cuando llegué allí unavez muy de mañana, en la fiesta de San Francisco, vi una granfigura negra que intentaba detenerme. Luché con ella hasta quepasé, sin sentir angustias ni temor al enemigo. Siempre me saleal encuentro en el camino y quiere que yo dé un rodeo; perono lo consigue.La discordia que reinaba en una familia de Koesfeld meafligía mucho. Rogué por aquellos infelices e hice el Via Crucisel Viernes Santo, en la iglesia, a las nueve de la noche. Apa-recióseme el demonio en figura humana, en una calle estrecha,y quiso matarme. Llamé a Dios con todo mi corazón y Satanáshuyó. El jefe de aquella familia se portó desde entonces me-jor con su mujer.Yendo yo muy temprano, antes de amanecer, juntamentecon una amiga mia, por el campo a hacer oración, en un lugarpor donde debíamos pasar, se nos apareció el demonio en figurade un enorme perro, tan alto como yo, intentando impedirnosel paso. Tan pronto como hice la señal de la cruz, se retiró untanto, y de nuevo se detuvo. Esta aparición nos retardó un cuar-to de hora. Mi amiga estaba tan asustada que se puso detrás demí, temblando, y se abrazó a mi. Por último me dirigí al demoniodiciéndole: “En nombre de Jesucristo, ¡vamos! Somos enviadospor Dios y queremos hacer las cosas por Dios. Si tú fueras deDios, no intentarias impedirnos el paso. Sigue tu camino, quenosotras seguiremos el nuestro”. Al oír estas palabras desapare-ció el monstruo. Mi amiga al ver esto se repuso y dijo: “¿Por quéno le has hablado asi desde el principio?» A lo cual respondí:“Tienes razón; no se me había ocurrido antes». Y continuamostranquilamente nuestro camino.Un día había yo hecho una oración con mucho fervor delantedel Santísimo Sacramento, cuando Satanás se lanzó junto a mí,sobre un reclinatorio, con tanta violencia, que éste crujía congran ruido. Aunque sentí escalofríos, no logró turbarme. Prose-guí mi oración con mayor celo que antes y entonces desapareció.
AUTOBIOGRAFÍA
Autobiografía de Ana Catalina Emmerick – Capítulo 2
CAPÍTULO II
SU VOCACIÓN, SUS ESTIGMAS, SUS PRUEBASINTRODUCCIÓNEn este capitulo concluyen las manifestaciones de la videnteacerca de su vida misteriosa. A las preguntas de sacerdotes yseglares que la asisten, refiere diversos aspectos de su voca-ción religiosa y las circunstancias en que se le aparecieron lossagrados estigmas de Jesucristo a semejanza de San Franciscode Asís, cuya estigmatización contempló en una maravillosavisión. Cuenta las pruebas inclecibles que debió soportar porcausa de las llagas, la lucha contra enemigos visibles e invi-sibles y otros privilegios sobrenaturales que recibió, todo locual lo expresa con simplicidad y profundidad sorprendentes.Algunos párrafos podían haber pasado a otros capítuloscomo asimismo en otros capítulos hay numerosos hechos re-lacionados con su vida que pudieron haberse incluido aquí:mas debido a la dificultad casi insuperable de deslindarlos porla vinculación que guardan con otras visiones, hemos preferidoreunirlos en la forma en que aparecen, que juzgamos la másordenada posible.
1. Siente vocación por el estado religioso.Todavía era yo muy niña y ya guardaba las vacas, cosa parami dificil y penosa. Como sintiera el deseo de dejar la casa y lasvacas para servir a Dios a solas, donde nadie me conociera, seme representó en una visión que iba yo a Jerusalén. De repentese llegó a mi una religiosa a la cual después reconocí ser Juanade Valois, la cual motraba mucha gravedad en el porte y teníaconsigo un hermoso niño como de mi edad. Comprendí que esteniño no era hijo suyo, porque no le llevaba de la mano. Pregun-tóme qué quería, y como yo le refiriese mi deseo, ella me consolódiciéndome: “No temas; mira este niño, ¿lo quieres por esposo?”Yo le respondí que sí, y ella me dijo que esperara tranquila hastaque él viniera y que yo sería monja. Esto me parecía enteramenteimposible; pero ella me aseguró que entraría en un convento,pues para mi Esposo no había nada imposible. Entonces lo creícomo cosa cierta y segura.Cuando volví de la visión, traje tranquilamente las vacas acasa. Esto se me ofreció en pleno día.Tales visiones nunca me inquietaban. Creía que todos las te-nían como yo. Nunca he pensado en las diferencias que hay entrelas visiones y el trato real con los hombres.
2. Otra visión la confirma en su propósito de hacerse monja.Había hecho mi padre el voto de regalar todos los años unternero cebado al convento de la Anunciación de Koesfeld. Cuan-do llevaba el regalo, solía ir yo con él. En el convento las monjasme hacían sencillas bromas. Poníanme en el torno y le dabanvuelta hacia adentro para obsequiarme; luego le volvían haciafuera preguntándome en broma si quería quedarme con ellas.Siempre les respondía que si y nunca quería salir del convento.Entonces me decían ellas: “La primera vez que vengas, te que-darás con nosotras”. Aunque era muy niña, cobré, sin embargo,mucha afición a este convento, en el cual reinaba el orden.Cuando oía la campana de la iglesia del convento, hacía ora-ción con la intención de unir mi devoción a la de las piadosasmonjas. De esta suerte entré en íntima relación con el monaste-rio de la Anunciación.En cierta ocasión estaba yo guardando un rebaño de vacasa las dos de la tarde; era un día muy caluroso de verano. Elcielo se había oscurecido; amenazaba una tormenta y tronaba.Las vacas estaban muy inquietas con el calor y las moscas. Yome hallaba muy apurada porque no sabía qué hacer con aquelrebaño de casi cuarenta vacas, que a mí, débil niña, me dabanmucho trabajo cuando corrían entre las zarzas. Estas vacas erande los labradores de la aldea, cada uno de los cuales tiene queguardarlas tantos días cuantas son las cabezas que posee. Siem-pre que yo las guardaba estaba en oración o en contemplación,caminando a Jerusalén o a Belén, donde en realidad era másconocida que en mi propia casa.Ahora, cuando estalló la tempestad, me retiré detrás de unapequeña colina de arena donde había enebros y me pude ocultar.Oré allí y se me ofreció una visión. Llegó a mí una religiosaentrada en años, vestida con el hábito de las de la Anunciacióny habló conmigo. Me dijo que no se honra a la Madre de Dioscon sólo adorar y llevar y traer sus imágenes, ni con decirletoda clase de palabras piadosas; sino que se deben imitar susvirtudes, su humildad, su amor y su pureza. Me dijo ademásque orando en los peligros y tempestades no hay refugio mejorque las llagas de Jesús, a las cuales había tenido ella siempreíntima devoción y que había recibido la gracia de sentir losdolores de esas llagas; pero no había manifestado esto a ningúnhombre. Me dijo que siempre había usado, sin que nadie lo su-piera, camisa de crines con cinco clavos sobre el pecho y unacadena a la cintura, y que siempre había tenido oculta su de-voción. También me habló de su especial devoción a la Anuncia-ción de María y me dijo que le había sido dado a entender queMaría, desde su más tierna niñez, había tenido vivo anhelo porla venida del Mesías y que sólo había deseado ser la esclava dela Madre del Señor. Me refirió, además, que había visto laAnunciación del Angel. Le comuniqué cómo yo la había visto, yasí nos hicimos muy amigas; todas las cosas las habíamos vistode igual manera. Serían como las cuatro de la tarde cuando volvíde la visión. Las campanas del convento estaban tocando; latempestad había pasado; las vacas se hallaban reunidas y tran-quilas; no se habían mojado. Entonces hice por vez primera elvoto de ser religiosa en el convento de la Anunciación; peroluego me resolví a estar más lejos de mi familia y nada dijede esta resolución. Después conocí en mi interior que mi amigaera Juana, y supe también que había sido obligada a contraermatrimonio. Luego la vi muchas veces, especialmente cuando endicho estado iba yo a Jerusalén y a Belén. Entonces me juntabacon ella, y más tarde con Francisca y Luisa.
3. Aparición de Jesucristo.Unos cuatro años antes de entrar en el convento, estaba yoal mediodía en la iglesia de los Jesuitas de Koesfeld, arrodilladadelante de un crucifijo, en la tribuna del coro, orando con fervor.Hallábame abstraída interiormente en la meditación cuando visalir del altar, donde estaba el Santísimo Sacramento, en el ta-bernáculo, y llegarse a mí, al celestial Esposo bajo la forma deun mancebo resplandeciente.En la mano izquierda tenía una guirnalda de flores y en laderecha una corona de espinas; me ofreció una y otra para elegir.Yo tomé la corona de espinas y Él me la puso en la cabeza, con-tra la cual me la oprimió con ambas manos. Jesús desaparecióy yo empecé a sentir un molesto dolor alrededor de la cabeza.Pronto tuve que salir de la iglesia, pues el sacristán hacía largorato que andaba haciendo ruido con las llaves. Una amiga mía.que estaba arrodillada a mi lado, debió haber notado algo en miestado. Cuando llegamos a casa le pregunté si veía alguna heridaen mi frente y le referí en general la visión que había tenido y eldolor que sentía desde entonces. Ella no vió nada ni aún parecióadmirarse de lo que yo le dije, porque ya conocía en mí seme-jantes estados aunque sin tener idea clara de su sentido.Al día siguiente tenía la cabeza hinchada, por encima de losojos y en las sienes, hasta las mejillas, y sentía vivísimos dolores.Estos dolores y la hinchazón se renovaron con frecuencia ymuchas veces me duraban días y noches enteras. La sangre quesalía alrededor de la cabeza no la advertí hasta que mis compa-ñeras me dijeron que me mudara la venda, pues la que teníaestaba llena de manchas como herrumbres. Dejé que mis compa-ñeras creyeran esto y me puse la venda de tal manera que ocultéfelizmente la sangre hasta entrar en el convento, donde sólo loha visto una persona, que ha guardado fielmente el secreto.
4. Se enferma y recibe un libro maravilloso.Desde aquella hora empecé a enfermar; vomitaba con mu-cha frecuencia y estaba muy triste. Como andaba tan anhelosae inquieta, mi madre me preguntó qué tenía. Yo le declaré ter-minantemente que quería entrar en el convento. Mucho le des-agradó este propósito y me preguntó cómo quería entrar enun convento no teniendo bienes algunos y estando delicada desalud. Luego fue a quejarse a mi padre y ambos trataron dequitarme por todos los medios la idea de ser religiosa. Descri-biéronme la vida del claustro como cosa sumamente difícilpara mí y me dijeron que una pobre labradora, como yo, seríadesatendida. Respondí: “Aunque nada tengo, Dios es todopode-roso y lo llevará a cabo”. La negativa de mis padres me llegótan a lo vivo, que mi enfermedad se agravó y hube de quedarmeen cama.Durante esta enfermedad vi una vez, al mediodía, cuandopenetraba el sol por la pequeña ventana de mi habitación, lle-garse a mi lecho un santo varón y dos religiosas. Los tres teníanfiguras resplandecientes. Me traían un libro grande como unmisal y me dijeron: “Si sabes leer en este libro, verás lo quees propio de una religiosa”. Yo respondí que lo leería y lo pusesobre mis rodillas. Estaba en latín; pero yo lo entendía todo ylo leía con mucho afán. Ellos me dejaron el libro y desapare-cieron. Las hojas del libro eran de pergamino y estaban escritascon letras rojas y doradas. Había en él imágenes de santos detiempos antiguos. Su encuadernación era amarilla y no teníabroches. Este libro lo llevé conmigo cuando entré en el conventoy lo leía con atención. Luego que había leído alguna parte de él,me lo quitaban, A veces entendi que me decian: “Ahora tienesque leer tantas hojas”. En los últimos años veía yo este librocuando era arrebatada a algún lugar que se referia a las pre-dicciones y escritos de los santos profetas.Este libro me era mostrado entre otros muchos libros profé-ticos de todo el mundo y de todos los tiempos, como la parte queyo tenía en estos tesoros.Igualmente veía cómo estaban guardados allí otros consue-los y auxilios que de vez en cuando había yo recibido y poseidolargo tiempo. Ahora (20 de diciembre de 1819) me quedan toda-vía cinco hojas para leer; pero necesito reposo para penetrarsu sentido.
5. Obstáculos a su entrada en religión.La vida ordinaria me mostraba que podía dirigirme adondequisiera, pero que entrar en un convento era imposible. Por elcontrario, las visiones me conducían allí siempre y cada vez conmás seguridad. Siempre conocía yo en lo íntimo de mi alma queDios todo lo puede y que Él me conduciría hasta el fin, lo cualme daba mucho ánimo. Creo que a todos los que desde su juven-tud procuran con celo alcanzar su fin, que es la bienaventuran-za, les sucede lo mismo, si bien es invisible la manera como Dioslos dirige. Aunque no vean esta dirección, obran conforme aella y reciben todas sus bendiciones tan luego como siguen losimpulsos, las inspiraciones y las ideas que Dios les da por mediodel Angel de la Guarda, o en la oración, o por medio del confe-sor o de los superiores o sacerdotes de la iglesia, así como porlos acontecimientos y accidentes de la vida.Una vez quiso mi hermano mayor que fuese en su compañiaal baile. Como yo me negara resueltamente a complacerle, sedisgustó mucho y se encolerizó conmigo y salió de casa muy des–contento. Pero pronto volvió, se postró de rodillas delante de mí,en presencia de mis padres, y me pidió perdón. Antes de estonunca habíamos estado discordes; después, nunca hemos vueltoa discutir.Como una vez me dejase conducir por falsa condescendenciaa tal diversión, sentí suma tristeza y anduve allí medio deses-perada. Verdaderamente no estaba allí presente con mi espíritu;pero experimentaba tanto tormento como si estuviera en el in-fierno y sentía tal turbación que no quise permanecer más tiem-po. Sin embargo, no me fui, temiendo que no me convenía irmey que yéndome llamaría la atención, y así permanecí aún largotiempo.Entonces me parecía como si me llamara desde afuera micelestial Esposo y yo huyera de Él; y como mirando alrededor lebuscara, le hallé bajo unos árboles, triste y airado, con el rostrodesfigurado y cubierto de sangre. “¡Qué infiel eres! -me decía-¡Cuánta amargura me causa! ¡Qué mal me tratas! ¿No me cono-ces ya?”. Yo le pedía perdón y veía lo que debía hacer paraevitar los pecados ajenos. Debía arrodillarme en un rincón y orarcon los brazos en cruz o ir al lugar donde podía impedir que secometiesen pecados.
6. Reprende la Virgen su falsa condescendencìaCuando por falsa condescendencia me dejé conducir otravez a una diversión, era tanto mayor la fuerza que experimen-taba para alejarme de allí cuanto mayor empeño ponían miscompañeras en retenerme. Huí de allí, pues me pareció como sila tierra quisiera tragarme. Estaba indeciblemente turbada.Apenas había atravesado las puertas de la ciudad y tomado elcamino que conduce a mi casa, se llegó a mí una mujer admi-rable y me dijo con grave ademán: “¿Qué has hecho? ¿Qué vidaen ésta? ¿Te has desposado con mi Hijo, y no has de tener partealguna con Él?” Luego se acercaba el Hijo con el rostro desfigu-rado y triste y sus censuras me partían el alma; pues yo habíaestado en tan mala compañía, mientras Él me esperaba sufrien-do. Lloré y creí morirme de dolor y rogué a su Madre que pi-diera perdón por mí, prometiéndole ya no volver a ser jamástan condescendiente. Y ella, en efecto, lo pidió y fui perdonada.Prometí de nuevo no concurrir a tales reuniones. Entonces medejaron, después de haberme acompañado largo trecho. Yo es-taba en mis cinco sentidos y ellos hablaron conmigo como pu-diera haber hablado cualquiera persona viva. Sentía mortal tur-bación y fui a casa llorando a gritos. A la mañana siguiente mereprendieron por haber salido sola.Finalmente logré la tranquilidad. Vino a manos de mi padreun librito en el cual leyó que los padres no deben llevar a sushijos a semejantes diversiones. Fue tanta su aflicción entonces,que lloró amargamente, diciendo: “Dios sabe que yo creía eraalgo bueno”. Yo misma hube de consolarle lo mejor que pude.Mis padres me hablaron también de matrimonio, hacia elcual sentía yo gran aversión. Ocurrióseme que acaso esta aver-sión provenía por temor de las penalidades que trae consigo esteestado. Sin embargo, si fuera voluntad de Dios, decía yo, que loabrazara, tales penalidades habrían de serme agradables. Em-pecé a pedir a Dios que quitara de mi aquella aversión, si eravoluntad suya que yo condescendiera con mis padres y me ca-sara. Pero entonces crecía todavía más en mí el deseo de entraren el claustro.Al párroco y a mi confesor les había manifestado esta duda,pidiéndoles consejo. Ambos me dijeron que si no tenía ningúnhermano ni hermana que cuidara de mis padres, no debía en-trar en el convento contra su voluntad; pero como mis padrestenían muchos hijos, yo conservaba mi libertad. Así que per-manecí firme en mi propósito.
7. Entra en la casa de Söntgen para aprender el órgano.Para admitirla en el convento, las monjas le exigieron ladote de costumbre, o bien que fuera útil tocando el órgano enlas funciones de la comunidad. Como no era rica para hacer elvoto de pobreza, entró como criada en la casa del organista Sänt-gen, para aprenderlo.Nunca llegué a tocar el órgano. Yo era la criada y nunca loaprendí, porque apenas paraba en la casa, pues buscaba la ma-nera de ayudar a los que padecían trabajos y miseria. Servíacomo criada, hacía todas las cosas y daba todo lo mío.¡Cómo aprendí a pasar hambre!… Muchas veces pasaronocho días sin ver el pan. Nadie le fiaba, ni aún por el valor desiete cuartos, a la familia del organista Söntgen. Todo lo que ha-bía ganado cosiendo se acabó y llegué a pasar hambre. Di hastami última camisa. Mi buena madre tuvo asimismo compasión yme llevaba huevos, manteca, pan y leche, con lo cual vivían.En cierta ocasión me dijo mi madre: “No sabes la aflicción quenos causas queriendo a toda costa irte a un convento. Cuandomiro el lugar que en casa ocupabas, se me parte el corazón, pueseres mi hija”. Yo le respondí: “Dios te lo pague, madre mía,que yo nada tengo con que pagártelo. Pero es voluntad de Diosque sean sustentados los pobres por mi medio. Ahora Dios pro-veerá. Todo se lo he dado y Él sabrá ayudarnos a todos”. Y mimadre volvía a estar contenta. Muchas veces pensaba yo: ¿Cómopodré entrar en un convento si no tengo nada y todas las cosasme son contrarias? Pero después, dirigiéndome a Dios, decía: “Yono sé valerme; mas Tú, que has suscitado en mi este deseo, ledarás cumplimiento”.
8. Ve la cruz del Salvador. Esta aparición me causó espanto. Sentía escalofríos; puesmiraba alrededor y veía la cruz ensangrentada, no con miradasinteriores, sino con los ojos corporales delante de mí. Me vinoentonces con mucha viveza el pensamiento de que Dios queríaanunciarme con esta aparición algún trabajo muy grande. Temíy vacilé; pero el triste aspecto de mi Salvador venció mi resis-tencia y me sentí firmemente resuelta a conformarme con todo,por amargo que fuese, con tal que el Señor me diera paciencia.
9. Hace profesión de religiosa agustina.Yo no tenía de qué disponer. Acudí a mis padres y herma-nos, pero ninguno quiso darme nada, ni siquiera mi buen her-mano Bernardo. Todos vinieron sobre mi y levantaron la vozcomo si los hubiera arruinado con aquella fianza. Pero la deudahabía que pagarla antes que yo hiciera los votos. Yo no cesabade pedir a Dios que se compadeciera de mi, hasta que por fintocó el corazón de un hombre piadoso que les dió tres téleros.Mi hermano lloró después muchas veces por haber sido tan duroconmigo.Vencido al cabo este obstáculo y terminados los preparati-vos para hacer los votos, se presentó por último otra dificultad.La Reverenda Madre me anunció a mi y a Clara Söntgen quehacían falta algunas cosas que habían de traerse de Münster,por las cuales era preciso que cada una de nosotras pagara trestáleros. Esto me turbó mucho, porque no tenía dinero. En miapuro fui a quejarme al abate Lambert, el cual me dió dos es-cudos; cuando volví a mi celda muy contenta hallé encima dela mesa seis táleros. Los dos escudos se los llevé a mi amiga,que tampoco sabía cómo reunir la cantidad exigida, pues nadaposeía.Ocho dias antes de la Presentación de la Virgen en el tem-plo, el segundo día de la novena que precede a esta fiesta, encuyo mismo día del año anterior habíamos tomado el hábitoClara Söntgen y yo, hicimos la profesión religiosa de agustinasen el convento de Agnetenberg, en Dülmen, en el año 1803 ydesde aquel dia fuimos consagradas esposas de Jesucristo bajola regla de San Agustín.Después de la profesión volvieron mis padres a ser buenosconmigo. Mi padre y mi hermano vinieron a Dülmen y me tra-jeron de regalo dos piezas de tela de hilo. Mi piadoso y severopadre, que con toda mi familia había llevado a mal que yo en-trara en el convento, me había dicho, al despedirme de él, quepagaría con gusto mi entierro, pero que para el convento nadame daba. Ahora cumplía su palabra, pues aquella tela era lamortaja con que habían de sepultarme en el claustro.
10. Ve la causa de ciertas enfermedades de los animales.Como una vez hubiera en aquella pequeña ciudad una granmortandad de vacas, las gentes llevaban su ganado a cierta casapara que las curasen, pero la mayor parte de los animales mo-rían. Una mujer vino a mí lamentándose y llorando y me pidióque rogara por ella y por aquellos pobres labradores. Cuandohice oración, vi los establos de aquellas gentes y las vacas sanasy las enfermas. Vi también cual era la causa del mal y la eficaciade la oración para remediarlo. Muchas vacas estaban enfermasen castigo del orgullo y falsa seguridad de las gentes, que nosabían que Dios puede dar y quitar los bienes y para exhortarlosa penitencia. Yo pedí a Dios que se dignara corregirlo de otramanera.Vi además muchas vacas enfermas a causa de la maldicióny envidia de los que querían mal a sus prójimos, lo cual sucedíaespecialmente entre aquéllos que no se cuidaban de dar filial-mente gracias a Dios por los bienes que poseían, ni de pedirlesu bendición. Junto a estas vacas vi yo una como oscuridad, enla cual se deslizaban sombras negruzcas y siniestras. La bendi-ción no sólo consiste en descender la gracia de Dios sobre nos-otros, sino también en quitar los efectos de la maldición. Lasvacas que, según había visto yo, habían sido perdonadas por lavirtud de la oración, se diferenciaban de las demás en algocomo luminoso; y de las que se curaron vi salir un vapor oscuro,así como vi oscilar cierto brillo luminoso sobre las que habíansido bendecidas desde lejos por la oración. Vi por último que, derepente, cesó el contagio. El ganado de aquella mujer salió deltodo ileso.
11. Recibe remedios sobrenaturales.Los remedios los recibía yo de mi guía y también de mi ce-lestial Esposo, de María y de los santos. Los recibía ya en bri-llantes botellitas, ya en forma de flores, capullos y hierbas ytambién en pequeños trocitos. A la cabecera de mi lecho habíauna repisa de madera donde hallaba yo aquellas admirablcsmedicinas cuando tenía alguna visión y aún estando despiertaa la vida natural. Muchas veces los manojos de hierbas olorosasy delicadas sobre toda ponderación, estaban junto a mi cama olos tenía yo misma en la mano cuando volvía en mí. Yo tocabalas tiernas y verdes hojas y sabía cómo habían de aplicarse.Con su buen olor me confortaban o comía de ellas o las poníaen agua y bebía. Siempre notaba alivio y estuve curada el tiem-po necesario para ejecutar algún trabajo.
12. Recibo diversos objetos de modo sobrenaturalAdemás recibía imágenes, figuras y piedras, de los seres quese me aparecían, los cuales me instruían sobre el modo de haceruso de tales dones. A veces estos dones eran puestos en mismanos o sobre mi pecho y me daban fuerza y consuelo. Muchosde ellos podía poseerlos largo tiempo y aún darlos a otros paraque se curasen, lo cual hacia yo de vez en cuando, pero sindecir cómo los había obtenido. Todos estos dones son hechosreales, que ciertamente sucedieron; pero el modo cómo en misucedieron no lo puedo explicar. Fueron cosa cierta y como tallos tomaba yo para honrar a Aquél que, por compasión de mí,me los enviaba.Durante la enfermedad, que después padecí, me dió micelestial Esposo una piedra blanca y transparente, en forma decorazón, del tamaño de un tálero, donde estaba la imagen de laMadre de Dios con el Niño, en color rojo, azul y dorado. Lapiedra era lisa y dura, la imagen muy delicada y su rostro tanconsolador, que me curé. Yo la guardé en un bolsillo de cueroy la llevé conmigo largo tiempo, hasta que me fue substraída.Después recibí un anillo que Él mismo me puso en el dedo. Te-nía una piedra preciosa con la imagen grabada de su SantísimaMadre. Lo poseí largo tiempo hasta que Él me lo sacó del dedo.También he recibido semejante don del santo patrón de miorden. Era el día de su fiesta y yo me hallaba en cama convivos dolores. Ya estaba próxima la hora en que la comunidadiba a recibir la sagrada. Comunión y nadie creía que yo pudieracomulgar. Pero sentí como si fuera llamada y fui a la iglesia yrecibí con las demás el Santísimo Sacramento. Al volver a micelda, caí desmayada, y en tal estado y vestida no sé quién merecostó en el lecho. Se me apareció San Agustín y me dió unapiedra brillante y transparente en forma de haba, en la cualsobresalía a manera de grano de trigo un corazón rojo con unacruz. Se me dió a entender que el corazón había de ponerse tanclaro como el resto de la piedra. Cuando desperté, me ví con estapiedrecita en la mano.La puse en un vaso de agua y bebí ame-nudo de ella y me vi curada. Después me quitaron la piedrecita.
13. Ve a Jesús en la santa Hostia.Muchas veces he visto brotar sangre de la cruz en la hostiay lo he visto con toda claridad. Otras veces he visto al Senoraparecerse en la sagrada Hostia en forma de niño sonrosado yresplandeciente como un relámpago. Al recibir la santa Comu-nión veo con frecuencia al Salvador acercárseme como Esposo vdesaparecer luego que yo he recibido el Santísimo Sacramento;y siento la mayor suavidad en su divina presencia. Cuando Jesúsentra en el pecho de los que comulgan, se funde con el alma ensemejanza del azúcar que se deshace en el agua. Tanto más in-timamente penetra cuanto más vivo es el deseo del que lorecibe.
14. Oración para después de cometer una falta.A pedido del Deán Overberg, Ana Catalina le dijo cómoacostumbraba a orar después de cometer alguna falta.¡Oh Madre de mi Salvador! Tú eres por dos razones Madremía; pues tu Hijo me dió a ti misma por Madre, cuando dijo alapóstol San Juan: “He aqui a tu Madre”; y porque yo me hedesposado con tu Hijo. Ahora, habiendo desobedecido a mi Es-poso, tu Hijo, me avergüenza de comparecer en su presencia.Ten, pues, compasión de mí, ya que es tan bondadoso tu corazónmaternal. Pídele que me perdone, que a Ti no te negará miperdón.Yo soy el hijo pródigo, oh Dios mío. He disipado la herenciaque Tú me diste; no soy digna de llamarme hija tuya. Compa-décete de mí. Recíbeme de nuevo. Te lo pido por mi dulcisimaMadre, que también es Madre tuya.
15. Las oraciones en latín.No puedo usar de las oraciones de la iglesia traducidas alalemán, pues así me parecen más lánguidas y pesadas. Cuandohago oración no me sujeto a las palabras de ninguna lengua,pero durante toda mi vida me han parecido mucho más clarasy profundas las oraciones latinas de la Iglesia. Estando en el con-vento me alegraba al pensar que íbamos a cantar y a rezar enlatín. Entonces sentía más vivamente la solemnidad y veíatodo lo que cantaba. Especialmente cuando cantábamos en latínla letanía lauretana, veía yo en admirables visiones, uno trasotro, todos los símbolos de María que se nombran en ella. Meparecía que pronunciaba yo esas imágenes, por lo que sentía enel principio temor; pero estas visiones pronto me causabangracia y alegría, que realzaban mucho mi devoción. He vistolas imágenes más admirables.
16. Ve como recibió sus llagas San Francisco de Asis.Vi al santo en lo alto de una montaña, solo, rodeado de zar-zas. En ella había grutas como celdas. Francisco había abiertomuchas veces el Evangelio y siempre salía en él la Pasión deCristo. Así rogaba al Señor que le diera parte en sus dolores.Ayunaba allí de ordinario con mucho rigor; no se sustentabasino con pan y raices y sólo en la cantidad necesaria para nodesfallecer. Estaba de hinojos con las rodillas desnudas sobrepiedras de forma irregular, y todavía se puso sobre las espaldasdos pesadas piedras. Le vi de noche, después de las doce, deespaldas a la montaña y apoyado en la roca, orando con los brazosextendidos. Con él vi a su Angel Custodio, que le sostenía lasmanos. Su rostro brillaba con el fuego del divino amor. Eraflaco y demacrado y tenía un manto pardo abierto por delante,con una capucha, como el que a la sazón usaban los pastorespobres en aquel lugar. Alrededor del cuerpo tenía una cuerda.Le vi enteramente rígido. Un indescriptible resplandor celestialdescendía perpendicularmente sobre él y en medio de esta gloriavi un ángel con seis alas, dos en la cabeza, dos con las cualesparecía volar y otras dos en los pies. En la mano derecha teníauna cruz, menor que la mitad del tamaño que un hombre y enella un cuerpo del todo vivo y transparente. Los pies los teníacruzados y las cinco llagas lucían y resplandecían como soles. Decada una de ellas salían tres rayos encendidos y brillantes queterminaban en una flecha: primeramente desde las manos hastala superficie interna de las del santo; después desde la llaga delcostado derecho a su costado derecho, siendo esta llaga másancha que las otras; y por último, de los pies a las plantas deSan Francisco. En la mano izquierda tenía el ángel un tulipánrojo en el cual había un corazón de oro. Recuerdo confusamen-te cómo se lo dió. Al volver el santo en sí, no podía andar. Vique con grandes dolores se volvió al convento y que le ayudó suAngel Custodio. Ocultó sus heridas lo mejor que pudo, pues noquería que nadie se las viera. En la parte superior de las manostenía costras de sangre grandes y oscuras. No todos los viernessalía sangre de sus manos con regularidad. De su costado salíamuchas veces tanta, que regaba el suelo. Le vi orar y vi la san-gre que le caía por los brazos. Todavía he visto muchas cosasde él. Así vi cómo antes que el santo fuera a ver al Papa, Su San-tidad le vió llevando sobre sus hombros el templo de Letrán,que se venía a tierra.
17. Cómo recibió sus propios estigmas.Después de esto tuve otra visión concerniente a mi misma ya mis llagas. Vi cómo las hube recibido. Antes no lo sabía. Ha-llábame sola en mi habitación en casa de Roters, tres días antesde año nuevo, aproximadamente a las tres de la tarde. Habíameditado en la Pasión de Cristo y le había pedido que me con-cediera participar en sus dolores, rezando cinco Padrenuestrosen honor de las cinco llagas. Estando en cama, con los brazosextendidos, experimenté gran dulzura y sed insaciable de losdolores de Jesús. Vi descender sobre mi una luz que venía dearriba oblicuamente. Era un cuerpo crucificado, vivo y trans-parente, pero sin cruz; sus heridas brillaban más que el cuerpo:eran cinco aureolas, las cuales salían de la gloria. Yo estabatransportada y mi corazón se sentía movido con gran dolor ysuavidad, al mismo tiempo, del deseo de padecer los dolores demi Salvador juntamente con Él. Y como a la vista de sus llagasse aumentara mi deseo, que parecía brotar de mi pecho y pa-saba a través de mis manos y de mi costado y de mis pies endirección a sus llagas, luego descendieron, primero de las ma-nos y después del costado y de los pies de la imagen, tres rayosrojos y brillantes, acabados en flechas, sobre mis manos, sobremi costado y sobre mis piés. Así permanecí largo rato sin saberlo que me sucedía, hasta que una niña de la dueña de casa mebajó las manos. La niña salió de la habitación diciendo a lossuyos que me habían hecho sangre en las manos. Yo les roguéque guardaran silencio.La cruz del pecho hace largo tiempo que la tengo; la herecibido alrededor de la fiesta de San Agustín. Estando arro-dillada con los brazos extendidos me la imprimió mi celestialEsposo. Después de habérseme impreso las llagas experimentéen mi cuerpo una violenta mudanza. Sentía que el curso de misangre se alteraba dirigiéndose con dolorosa violencia hacia esosparajes. Francisco ha conversado conmigo esta noche y me hadado consuelo. Me ha hablado de la violencia de los doloresinteriores.
18. Es consolada con la presencia del Niño Jesús.El deán Rensing le había impuesto rezar por una intención,sin decirle cuál fuese. Ella cumple con el mandato, pero no ob-tiene respuesta.He pedido ardientemente la intercesión de María por el finque me ha sido impuesto, pero no he sido escuchada; por tresveces he rezado por esa intención diciendo a Maria: “Debo rezarporque me ha sido mandado por santa obediencia; pero no heobtenido respuesta y he olvidado hacerlo una vez más por cau-sa de la grande alegría que me trajo la presencia del Niño Jesús.Espero que al fin será escuchada mi oración”. No rezo por mímisma y cuando pido por otras personas casi siempre soy oída.Cuando rezo por mí, no consigo nada, sino cuando pido nuevossufrimientos.Soy un instrumento de Dios. Poco sé de las cosas que pasanen torno mío. No deseo sino estar en paz.Se lamentó con el deán Rensing de no poder llevar por mástiempo los dolores y rogó al Señor que la aliviara. Fue escu-chada y recitó el Te Deum. Sobre esto se expresó en la formasiguiente:Entonces recité el Te Deum, que pude recitar hasta el fin,ya que lo había empezado varias veces, teniendo que interrum-pirlo por la vehemencia de los dolores.Le he rogado frecuentemente al Señor que me mandaradolores y sufrimientos; pero ahora tengo la tentación de pedirasí: “Basta, Señor; no más, no más.” Los dolores en la cabezase hicieron tan crueles que temía perder la paciencia. Después,al terminar el día, me puse sobre la cabeza la parte de la reli-quia de la santa Cruz que el señor Overberg me ha dejado. Ro-gué al Señor que me ayudara y en seguida sentí alivio. Mas aúnque las penas temporales me atormentan los sufrimientos delalma: la aridez, la amargura, la inquietud interna; pero desdeque he recibido por dos veces la santa Comunión he gustado dequietud y dulce consolación en el alma.
19. Es molestada por una horrible aparición.He tenido esta noche graves angustias. Mi hermana estabasumergida en profundo sueño; la lámpara ardía, y yo estabadespierta en mi lecho. De pronto oí un rumor en la estancia.Miré y vi una figura horrible, suciamente vestida, que se acer-caba poco a poco hacia mí. Cuando estuvo junto a mi lecho ydescorrió la cortina, vi que era una feísima mujer que me mi-raba fijamente con rostro amenazador. Cuanto más me miraba,más horrenda y espantosa me parecía. Tenia una cabeza mons-truosamente grande y abría la boca como si quisiera echarsesobre mí y tragarme. Al principio no me dió miedo; luego mitemor fue en aumento. Empecé a rezar y pronuncié confiada-mente, en alta voz, los santos nombres de Jesús y María Depronto todo desapareció.
20. Recibe consuelo después de la Comunión.Me sucedió algo que me trajo mucha consolación. He visto.después de la C0munión, dos ángeles que llevaban una hermosacorona de flores. Eran rosas cándidas, pero guarnecidas de lar-gas y agudas espinas, que me punzaron cuando quise sacar unadel ramillete. “¡Ah! si no tuviera espinas”, pensé entre mi. Alpunto recibí la respuesta: “Si quieres tener las rosas, debessoportar que las espinas te puncen”. Tendré que sufrir muchotodavía, antes de llegar a las alegrías libres de sufrimientos.Más tarde tuvo una imagen de igual significación.Fuí llevada a un hermoso jardín donde había rosas de ex-traordinario tamaño y bellos colores. Estaban circundadas deespinas tan largas y agudas que no se podian sacar sin rocilnrsensibles pinchazos. Dije: “Esto no me agrada.” Pero mi AngelCustodio me replicó: “Quien no quiere padecer, no tendrá glo-ria alguna.”Otra visión del sufrimiento y el gozo tuvo poco tiempodespués.Me vi a mí misma que yacía en el sepulcro; estaba tan ale-gre que no lo puedo decir. Al mismo tiempo me pareció que medecían que antes de mi fin tendría que padecer mucho; queme abandonase a la gracia de Dios y fuese firme y perseverantc.Después he visto a Maria con el Niño y tuve una alegría inde-cible, porque la benigna Madre puso al Niño en mis brazos.Cuando se lo devolví pedí a Maria tres gracias que me hicieranagradable a su Hijo Divino: le rogué que me concediera amor,humildad y paciencia.Volviéndose hacia el deán, añadió:¡Oh, cuán de buena gana me iria al cielo con nuestro buenSalvador! Pero mi tiempo no es llegado aún; mis sufrimientosy dolores se multiplican y debo ser mejor probada y purificada.Sea hecha la voluntad de Dios, con tal que me dé la gracia dela perseverancia en la paciencia y en el abandono al amor divino.Confesó al deán que durante la comunión oyó estas palabras:“¿Prefieres morir o sufrir más aú’?”… A esto respondí:“Quiero sufrir más aún, si esto te agrada, Señor.” Mi deseo hasido satisfecho, pues ahora sufro más que antes.
21. Circunstancias en que recibió los estigmas.Interrogada por el padre Overberg acerca de las circunstan-cias en que recibió los estigmas, declaró lo siguiente:Cuatro años antes de la supresión del convento hice unavisita a Koesfeld para ver a mis padres. Mientras me encon-traba allá, una vez estuve en oración durante un par de horas,detrás del altar que está bajo la Cruz puesta delante de la igle-sia de San Lamberto. Sentía gran turbación por el estado denuestro convento y había rezado para que tanto yo como mishermanas pudiésemos conocer nuestras faltas y hubiese pazfirme entre todas nosotras. Había rogado a Jesús que me hiciesesentir todos sus dolores. Creía tener una fiebre continua y quede ella venían los dolores que experimentaba. A menudo mevenía el pensamiento de que esto proviniese por haber sido oídami oración; pero deseché este pensamiento cada vez que se pre-sentaba, por no creerme digna de gracia semejante. A veces nopodía caminar a causa de los dolores en los piés. Las manos medolían de tal manera que no podía comenzar ningún trabajo,como cavar, y el dedo medio de las manos no lo podía doblar yen ocasiones lo tenía. como enteramente perdido.Después de estos dolores, cierta vez en el convento roguécon fervor que tanto yo como mis hermanas conociésemos biennuestras faltas, para que renaciese la paz y cesasen mis sufri-mientos. Me fue respondido: “Tus padecimientos no serán dis-minuidos; te basta la gracia de Dios. No morirá ninguna detus hermanas antes de haber conocido sus faltas.” Por esta res-puesta, cuando me sobrevinieron las señales externas, pensé,entre mi, que sólo serían visibles para mis hermanas, y mesometí fácilmente. ¡Pero grande fue mi espanto cuando supeque estas señales debían ser también visibles para los del mundo!Respecto a las llagas del pecho, dijo:Desde mi niñez he pedido frecuentemente al Señor que meimprimiese su cruz en el corazón para no olvidar jamás sussufrimientos; pero nunca pensé en algún signo externo.Preguntada por qué se cubría los estigmas de las manos,contestó:No puedo yo misma ver estos signos descubiertos, porqueson causa de que se estime a mi persona como dotada de gra-cias especiales, de las cuales no soy digna.Se me hace muy duro tener que mostrar estos signos; perotanto más duro se me hace cuando veo que lo desean no poramor a Dios sino para charlar sobre lo visto. No pido al Señorverme libre de los dolores corporales. Dios me los dejará siem-pre. Pero ¿para qué mirar y examinar? El mismo Señor Jesu-cristo no logró contentar a todos para que creyeran y se con-virtieran. Otros muestran demasiada compasión por mí. ¡Oh!¡Preferiría que rogaran por mí, para que me sometiera humil-demente a lo que Dios dispone por medio de la autoridad ecle-siástica, sin que yo pierda la divina gracia! Dios guia a cadapersona por un camino especial. ¿Qué importa que nosotros.llegando al cielo, lo hayamos hecho por un camino o por otro?¡Oh, si pudiésemos hacer solamente lo que Dios nos pide a cadauno según nuestro propio estado!
22. Revela al deán Rensing algunas gracias del Señor.A ciertas preguntas que formuló el deán Rensing, despuésde narrar los sufrimientos de Santa Verónica, Ana Catalinacontestó:No he tenido que sufrir tanto. Con todo, la disposición dela autoridad eclesiástica, de que se intentase curar las llagas,fué muy dura, porque me causó muchos dolores. Los doloresde la corona de espinas en torno de la cabeza, los he probadoantes de mi ingreso en el convento y, precisamente, por primeravez, en la iglesia de los Jesuitas de Koesfeld.Viendo la sangre de sus estigmas, cuando el deán expresósu maravilla, añadió:Sí, es verdad; Dios me ha concedido gracias que yo no hemerecido. Yo hubiese deseado que Él encubriese estas graciasa los ojos de los hombres, porque temo que me estimen por me-jor de lo que soy en realidad.El Señor me preguntó la noche pasada: “¿Quieres venirpresto junto a Mí o sufrir aún mucho tiempo por mi amor?»A esto respondí: “Si Tú lo quieres, prefiero sufrir aún más;con tal que me des la gracia de que sufra como Tú lo deseas.Dios me ha prometido esta gracia y ahora me encuentro muycontenta. El Señor me ha hecho notar que durante mi vida mo-nástica había incurrido en muchas faltas contra la perfección,a la cual estaba llamada por mis votos. Me he arrepentido denuevo de estas faltas y he obtenido de Dios la seguridad de queno había perdido, por esas faltas, su divina gracia, porque mehabía humillado delante de Él y de los hombres. Se me ha re-cordado también que durante mi vida en el monasterio, cuandoera desconocida y mal interpretada por mis hermanas, yo, per-severantemente, rogaba al Señor se dignase hacer conocer lafalta en que incurrían contra la caridad respecto de mi persona.Muy a menudo, especialmente en los últimos días de veranopasado, se me ha dado a entender, durante aquellas oraciones,que las hermanas llegarían a reconocer sus faltas antes de mimuerte. Ahora ellas han entrado en sí mismas, después que elSeñor me ha dado estas señales tan extraordinarias. Y esto espara mí motivo de un gozo tal, que aún en medio de las gravesmolestias ocasionadas por estas señales exteriores, doy graciasal Señor por todas ellas.Preguntada respecto de la llaga que Jesús tenía en loshombros, respondió:Sí, ciertamente, el Señor tuvo una dolorosísima llaga enla espalda que le produjo la conducción de la cruz. Yo no tengoesta herida, pero he sentido mucho tiempo los dolores de ellasobre mis hombros. Desde mi infancia he honrado y veneradoesta herida de los hombros y he entendido que este recuerdo essumamente grato al Señor. Estando todavía en el monasterio,Él me reveló que había tenido esa herida, en la cual tan pocose piensa y que le había ocasionado gravísimos dolores. Me dijoque le era tan agradable que se honrase esa llaga como le hu-biese sido grato que alguien, en el camino del Calvario, le hu-biese aliviado de la cruz llevándola hasta la cumbre del monte.Desde pequeña y de seis a siete años yo acostumbraba, cuandome encontraba sola y pensaba en los sufrimientos del Señor, aponerme sobre los hombros un pedazo de leño pesado o algúnotro peso que apenas podía arrastrar por el suelo.El deán Rensing le dijo palabras de compasión por los da-lores que sufría en la espalda al no poder cambiar de posición.Estos dolores los tengo por nada comparados con los quesiento constantemente en las otras llagas. A pesar de esto, qui-siera sufrir todos los dolores posibles en el cuerpo, siempre queel Señor se dìgnase consolarme interiormente con su gracia.En vez de estos consuelos siento ahora una amargura muygrande en el alma. Esto se me vuelve muy duro; pero que sehaga la voluntad de Dios. Siento que los dolores se me subendesde las plantas de los pies hasta el pecho y todas estas llagasme parece que están entre sí en tanta relación, que los doloresde una herida se sienten también en las demás. Pero mi sufri-miento me ha traído gozo. Cuando tengo que padecer algo, mealegro, y doy gracias a Dios de no estar ociosa en el lecho.Una vez que sentía un agudo dolor de cabeza, dijo:Mi sufrimiento no me será tan gravoso porque el Señor loha mitigado con consuelos que no merezco. Cuando estaba en elmonasterio no merecía estos consuelos, porque allí a menudome lamentaba de la conducta de mis hermanas y he fantaseadomucho acerca de la manera cómo ellas se debían portar y dema-siado poco me he preocupado de cómo yo misma debía habermeportado. Era ingratitud e imperfección a un tiempo; ahora estoycontenta de que Dios me haga sufrir. Si supiese que con missufrimientos puedo contribuir en algo a su honor y a la conver-sión de los pecadores, quisiera sufrir con gusto más, y todavíapor más tiempo. Sólo pido que Dios me conceda paciencia.Cuando se le habló de un traslado a Darfeld, para nuevasvisitas de médicos, dijo:Estoy convencida, en conciencia, no poder ir más allá enesto de recibir visitas y mostrar los estìgmas. Este aviso me fuedado en espiritu. Yo estaba hincada en una hermosa capilladelante de una imagen de María con el Niño Jesús y rogaba ala Madre de Dios. Ella vino hacia mi, me abrazó y me dijo;“Hija, está atenta y no vayas más allá. Aleja de ti las visitas vcustodia tu humildad”.
23. Salva de un peligro a su confesor.He aquí lo que Ana Catalina relató un día al abate Lambert:Me encontraba rodeada de muchas personas sobre el ca-mino que conduce a la Jerusalén celestial y tenía que llevarun peso tan grande que apenas podía ir adelante. Me detuvealgún tiempo para descansar bajo la imagen del Redentor Cru-cificado y vi en torno de esta cruz, esparcidas. infinidad decruces pequeñas, formadas por hilos de paja o de ramitas del-gadas. Mientras, llena de admiración, pensaba lo que signifi-caban esas cruces, mi guía me dijo: “Estas son las crucecitasque tú debías haber llevado en el convento, que eran bienligeras. Ahora se te ha impuesto una pesada sobre los hom-bros; y bien, llévala”.De pronto la numerosa comitiva se esparció a uno y otrolado. Allí se encontraba mi confesor, que se había colocadodetrás de una mata y estaba espiando a una liebre. Le roguéque no hiciera eso, sino más bien que me acompañara másadelante en mi penosa senda; pero él no quiso seguirmc ytuve que hacer mi camino sola, oprimida por el grave peso.Entonces me vino el escrúpulo pensando que era de mi partepoco noble y amistoso dejar a mi confesor entretenido en cosasemejante, mientras debía, por el contrario, rogarle y aún vio-lentarle a que caminara y me siguiera hacia una meta tan mag-nífica. Volví atrás y lo encontré dormido y ví, con terror, quebestias feroces estaban en torno suyo dispuestas a devorarle.A fuerza de ruegos lo desperté con violencia, teniendo casi quearrastrarlo conmigo, con lo que se me aumentó el peso que yatenía sobre mí. Al fin esto me resultó de gran provecho, puestoque pronto llegamos a un estanque ancho y profundo a travésdel cual sólo se podía pasar por un estrecho sendero. Aquí yohubiese caído con mi pesada carga si el buen Padre no mehubiese ayudado. Al fin llegamos felizmente a la meta.
24. Ve la muerte de la Virgen.En una ocasión dijo al padre Limberg:He visto a la Madre de Dios cuando moría, rodeada de losapóstoles y de sus parientes. He visto por mucho tiempo estavisión. Luego la pieza y todo lo que allí dentro había me fuepuesto sobre la palma de la mano. Esto me ocasionó un gozoindecible; pero me admiraba grandemente de que pudiese teneren la palma de la mano una casa y lo que dentro había; me fuedicho interiormente que eso era pura virtud y que la virtud esmás ligera que una pluma.Durante esta noche pasada también he tenido visiones dela muerte de la Virgen. Yo estaba en viaje a Jerusalén y mien-tras tanto me encontraba en un estado muy particular: yacíacon los ojos abiertos, ni durmiendo ni soñando, y veía todos losobjetos de mi pieza, sin que esto me estorbase en el viaje y enlas impresiones que recibía durante el camino recorrido.
25. Diversas declaraciones hechas al doctor Guillermo Wesener.Estando turbada. declaró la razón al doctor Wesener, di,-ciéndole:Temía sentir disminuir mi absoluta confianza en Dios, miunico sostén. Debiendo yacer en este lecho sin ayuda humana oremedio, todo me conturba. Otras veces sentía una confianza tangrande en Dios, que no me angustiaba por ningún sufrimiento,aunque fuese muy grande; pero ahora me siento turbada anteel proyccto de mi confesor de buscar otro alojamiento, porquelo estimo sobre todos los demás a causa de su saludable severidad.Confiemos en Dios y mantengámonos firmes en nuestra santafe. ¿Hay acaso alguna cosa más consoladora en esta tierra? ¿Quéotra religión o filosofia podía reemplazarla? Más que a todoscompadezco a los judíos. Ellos son peores que los más ciegospaganos. Su religión ya no es más que una fábula poética desus rabinos, y la maldición de Dios pesa sobre ellos. ¡Cuán in-finitamente bueno es el Señor con nosotros, con venírnos alencuentro a medio camino de nuestra buena voluntad y conhacer depender la más rica participación de su gracia de nuestrosimple deseo! Si, aún un pagano, un hombre que no tiene nin-gun conocimiento de nuestra santa fe, puede salvarse cuando,con firme convicción y voluntad de servir a Dios, como a Altí-simo Señor y Creador de todas las cosas, sigue aquella luz di-vina que está infundida en nuestra naturaleza y practica lajusticia y la caridad con el prójimo.Como le dijera el doctor Wesener que le parecía incompren-sible que pasara tanto tiempo en oración, contestó:Piense un poco si no es posible que alguien se sumerja detal manera en la lectura de un libro agradable, que olvide hastalas cosas que le rodean. Si esto es posible ¿cómo no se perderádel todo y olvidará todo aquél que se entretiene con Dios mismoque es la primera fuente de toda belleza? Empezad una vez converdadera humildad esta adoración de Dios y veréis como ossucederá también todo lo demás. La plegaria más acepta a Dioses la que se hace por el prójimo, especialmente por las almasdel Purgatorio. Rogad por ellas y estad seguro que habréis pues-to vuestra oración a buen interés.En cuanto a mí, yo me ofrezco al Señor y digo: “Señor,haced de mí lo que queráis”. Con esto estoy plenamente segura,puesto que Dios, óptimo Padre. no puede hacerme sino todo elbien deseable. Las pobres almas sufren penas indeciblementegrandes en el Purgatorio. La diferencia entre las penas del Pur-gatorio y las del Infierno reside en esto: en que en el Infiernoreina sólo la desesperación, y en el Purgatorio reina la esperanzade la redención. El mayor tormento de los condenados consisteen la ira de Dios. Del enojo de Dios se puede tener idea si serepresenta el terror de un hombre a punto de caer en manosde un furioso enemigo, de cuyas manos no podrá ya librarse.Hablando del destino del hombre, Ana Catalina dijo:¿Sabéis por qué Dios ha creado al hombre? Lo ha creadopara su gloria y para felicidad del hombre. Por la caída de losángeles decidió Dios crear a los hombres para llenar las legionesde los ángeles caídos. Cuando el número de los ángeles caídosse haya completado con hombres justos, será el fin del mundo.Hablando de la limosna, se expresó así:Vos debéis emplear vuestras fuerzas y vuestras sustanciasen favor y beneficio de los enfermos, de tal modo que vuestrapropia familia no tenga daño, No uno solo, sino muchos tienenderecho de pedir vuestros cuidados. Los pobres deben tratar deganarse méritos por causa de su pobreza, porque la fe nos enseñaque la pobreza es un estado digno de envidia, puesto que elmismo Hijo de Dios eligió para si ese estado, y ha conferido alos pobres el primer lugar en el reino de los cielos.Respecto de la conversación acerca. de Dios, dijo:Me sucede siempre lo mismo: por más débil que esté, mesiento siempre fortalecida y confortada con toda conversaciónquc mire a Dios y a nuestra santa fe; en cambio, el hablar decosas del mundo me abate y me debilita más.Sobre la obediencia, se expresó así:Es verdad que esta medicina me repugna de modo particu-lar. He sufrido ya mucho por causa de ella y me ha ocasionadomucho mal. Con todo, debo tomarla por obediencia a mi confesor,el cual, sin embargo, ha visto en qué debilidad me quedo portomar esta medicina.
26. Visión compleja de todas las tribulaciones de su vida.Fue una visión que me pareció contenía la representaciónde todas las penas y sufrimientos de mi vida entera. Todo loque personas conocidas por mi han hecho o han dejado de hacerrespecto de mi misión durante todo el curso de mi vida hasta elpresente, me ha sido puesto ante la vista en imágenes. Erancosas tales que al principio no quería ni pensar para que no mecausaran tentaciones de aversión 0 de malevolencia, hacia al-gunas personas. Así también. en la noche pasada, tuve queluchar contra estas imágenes y me he defendido hasta el ex-tremo cansancio, pero he oído, con consuelo, que he combatidobien.Esos cuadros se me presentaban en diversas formas: a vecesun acontecimiento como presente; otras veces veía personas queentre si conversaban y obraban; en ocasiones imaginaba el cua-dro como después de haber oído una narración. Me fue mos-trado todo lo que he perdido por causa de estas cosas así en lavida física como en la actividad espiritual. He visto el muchomal que me han hecho ocultamente varias personas, cosas quehabía ignorado absolutamente. Todo lo que yo había apenassospechado, ahora lo veía claramente. en su completa conca-tenación. Esta ha sido para mi una verdadera lucha, porquetenía que soportar por segunda vez las más duras pruebas dela vida, la perversidad y la falsedad de los hombres, y debía nosolamene no sucumbir a la tentación de malevolencia haciaciertas personas, sino usar mayor caridad con mis peores ene-migos.Estos cuadros comenzaron con mi estado religioso, preci-samente con la oposición de mis padres a mi entrada en elmonasterio..Ellos me han ejercitado en la paciencia y han re-gulado y dispuesto todo con absoluta discreción.Las monjas me han ocasionado muchos sufrimientos. Hevisto su perversidad y cómo primeramente me maltrataban.Cuando luego mis particulares circunstancias se hicieron públi-cas, me honraban con exageración para volver luego a las charlasy chismes. Mucho me hicieron sufrir porque mucho yo lasamaba. He visto al médico del convento y sus remedios y cuantodaño me han ocasionado. He visto el segundo médico y cómo susremedios me han arruinado el pecho y puesto al extremo. Hevisto mi pecho como si estuviese vacío y exhausto, de modoque sin un cuidado mayor hubiera debido sucumbir. Habríasanado de todas mis enfermedades sin medicina alguna si losmedios saludables de la Iglesia hubiesen sido regularmente em-pleados en mi.He visto la sinrazón con la cual he sido puesta tantas vecesa la vista del público, mirando sólo mis heridas y no las otrascosas que las acompañaban. He visto cómo fui obligada a estarde muestra y a servir de espectáculo; por esto fui impedida dehacer mucho bien y no he aprovechado nada a otros. Hubierapodido ser mucho más útil si me hubiesen dejado en paz ytranquilidad. He visto todas mis súplicas y pedidos sobre esto;yo no pedía por impulso propio sino por aviso interno. He vistocómo todo esto fue en vano y cómo contra mi propia y seguraconvicción he debido servir de espectáculo para el mundo yobedecer cosas verdaderamente vergonzosas; y mientras con elcorazón oprimido hacía esto, por sola obediencia, se me reprendíacon desfachatez y temeridad, sin ser defendida por aquéllos queme obligaban a mostrar abiertamente las señales externas demis llagas.
27. Manifiesta su pensamiento ante el proyecto de sertrasladada a Münster.Como quisieran conducirla a Münster para someterla a nue-vos exámenes, privados y públicos, Ana Catalina se resistió aellos, exponiendo sus razones:El señor Overberg permite que otros abusen de su granbondad. Quiere sacrificarme para probar, como me lo dijo otrasveces, a algunas buenas personas que los fenómenos que apa-recen en mí no son mentidos ni artificiales. Pero ¿cómo estaspersonas, que son sus penitentes, pueden concebir desconfianzaalguna, cuando él, siendo un dignisimo sacerdote, les asegura loshechos, y después que él se ha asegurado de los hechos y puedeen todo momento procurarse nuevas pruebas? ¿Podrían estaspersonas encontrar un testimonio más irrecusable y más valioso?Si cinco mil personas; no creen a diez hombres rectos yjustos que dan testimonio de la verdad, tampoco veinte millonescreerán a algunos centenares de personas.Como insistiese el doctor Wesener en que se trataba desalvar algunas almas, Ana Catalina añadió:Seguramente haría el sacrificio por la salud de una sola al-ma; pero ¿cómo podría yo saber que esto sucederá en virtud deun cambio de domicilio, si no fuera por la voz íntima del espírituque hasta ahora siempre me ha guiado, y ahora nada me ordena,y al contrario, siento que mi espíritu se rebela a esta idea decambio? Sobre esto podría añadir mucho más, pero no es lle-gado el tiempo. Si ahora, contrariando mi interna voz, empren-diera este viaje y muriese en el camino, ¿no sería esto contrarioal bien de mi alma y a los designios que Dios tiene sobre mí?¿Quién me podría decir que éste no sería mi caso si no es porla voz que suele hablar en mi interior? Digo, pues, que no bienmi juez interno me dijese que parta, partiría al instante.El señor Overberg me dice que debiera hacerlo para dargusto al buen médico Druffel, ya que su honor es atacado pú-blicamente por causa mía. Muy de buena gana haría todo porel honor de este médico y por todos los que por causa mía fueronjuzgados injustamente, siempre que los medios me fueran per-mitidos, aunque hubiese yo deseado que él no imprimiese lahistoria de mis enfermedades. ¡Cuántas veces le he rogado tam-bién a él que no permitiese que fuera impresa cosa alguna demi durante mi vida! ¿Y por qué razón debo sacrificar mi vida,y aún más por salvar en un hombre un poco de honor terreno?¿Dónde estaría aquí la humildad cristiana? Además, el mayornúmero nunca sería convencido, porque la pereza, la avaricia,la desconfianza, el amor propio, la incredulidad y el temor detener que admitir la creencia en cosas de mayor importancia,hacen que la muchedumbre sea ciega aún para las verdades cla-ras como el sol.Si tanta importancia se da a la confirmación irrecusable delas circunstancias en las cuales me encuentro, aquellos que go-zan de buena salud pueden venir aquí sin peligro alguno; yo,por otra parte, no puedo ir a ellos sin evidente peligro. Mesometo a todas las pruebas y exámenes que no repugnan a miconciencia. Si muchos desean convencerse, pueden hacer comootros que ya están convencidos, pueden sentarse aquí junto ami lecho y observarme y vìgilarme. No puedo ahorrar a los cu-riosos la incomodidad y el dinero con daño de mi conciencia.Quien puede viajar, que venga aquí. Si yo quisiese ir a ellos,sería temeridad, vanidad y cosa peor; puesto que, según todaseguridad, no podría hacer el mínimo viaje sin evidente peligro.No puedo ponerme a disposición de todo curioso; envien hom-bres de juicio que gocen de la estima del público y me someteréa todas las prescripciones que no traigan daño a mi alma. Porlo demás, no pido cosa alguna a nadie. No aparento ser nadagrande. Soy una pobre pecadora y no deseo más que olvido delos hombres y estar en paz, para que pueda rogar y sufrir pormis pecados y, si es posible, también por el bien dc mis próji-mos. El Vicario General ha vuelto recientemente de Roma. ¿Nohabrá dicho alguna palabra de mi al Santo Padre? El me dejaahora en paz, ¡sean dadas gracias a Dios! ¡Oh, estad tranquilosvosotros, buenos creyentes, que el Señor ciertamente manifes-tará sus obras! Si todo esto viene de Dios. quedará y se man-tendrá; si es obra de los hombres, caerá y será destruido.En otra ocasión declaró al doctor Wcsener:Es cierto que no es sólo por mí misma que estoy aquí pa-deciendo. Usted no debe publicar nada respecto de mí antes demi muerte. Lo que tengo, no lo tengo para mí ni como cosamía: soy solamente un instrumento en las manos de Dios. Comoahora puedo trasladar mi pequeño crucifijo de un lado a otro, asídebo someterme y agradar en todo a lo que Dios quiere hacerde mi y esto lo hago con alegría. Sé perfectamente por qué estoyaquí sufriendo, y aún en la noche pasada me fue enseñado esto.Siempre he pedido como gracia especial el poder sufrir y si fueseposible expiar por aquellos que por error o debilidad se encon-trasen en senderos equivocados. Como esta ciudad y el conventoque aquí existía me han recibido a mí, pobre campesina, des-pués que muchos otros me habían rechazado, así me he ofrecidoespecialmente en sacrificio por esta ciudad. He tenido cl con-suelo de que Dios recibiese mi plegaria y he alejado ya más deun mal de este lugar y espero poder ayudar todavía mucho másen adelante.
28. La bendición del sacerdote alivia sus dolores.He orado fervorosamente para que Dios me perdone si porventura he pedido alguna pena superior a mis fuerzas; peroque se cumpla en mi su divina voluntad.¡El Señor se compa-dezca de mí, por la sangre de su Hijo, y me de su gracia paraque pueda yo hacer algún bien en el mundo! Cuando solo se medaba esta respuesta; “Es preciso que se consuma el fuego quehas puesto, sobre ti», ya no tenia esperanza alguna; al punto meveía en un estado muy peligroso y encomendaba a Dios todolo mío, que tenía que dejar en desordenCuando el párroco ponía sobre mí sus manos y hacía ora-ción, me parecía sentirme penetrada de una dulce corriente lu-minosa; y cuando me dormía, me veía como un niño a quienmecen en su cuna. También me parecía que una luz reposabasobre mí y que cuando el sacerdote apartaba la mano, la luz seretiraba de mí. Yo sentía consuelo y recobraba la esperanza.He aquí lo que pueden la mano y la oración del sacerdote.Esta noche he padecido espantosos dolores en todo el cuer-po y sed abrasadora, pero no me he atrevido ni me atrevo aún abeber. Por último perdí el conocimiento y hoy, por la mañana,creía morirme, pues toda la noche la había pasado como enagonía. Quise decir en mi interior: “Jesús, María, José”. peroni siquiera eso podía decir. Entonces conocí y experimenté queel hombre no puede nada, que no puede pensar en Dios si Diosno le ayuda con su gracia y que el simple deseo de pensar en Éles también una gracia de Dios. Supe que vino el padre Niesing,pero yo no podía mover ningún miembro ni hablar. Sabía quetraía consigo un libro, y conoci con esperanza que iba a rezarpor mí. Cuando él comenzó a rezar, su compasión penetró enmi alma como calor, y volví en mí, y pude decir con profundadevoción los nombres de Jesús, María y José, y la vida me fuerestituida como un don de la bendición sacerdotal.
29. Reconoce las reliquias que lleva el capellán Niesing.No dejaba de admirarme que no se quemara, y casi meparecía cosa de risa que recorriera todo el camino sin ver lo quellevaba, ya que el relicario arrojaba llamas de colores como elarco iris. Al principio sólo veía el resplandor, pero cuando seacercó Niessing, percibí el relicario. El que lo llevaba pasódelante de mi habitación y atravesó la ciudad.Esto no lo podía yo comprender; casi estaba turbada pen-sando que llevaría las reliquias a otra casa. Estas reliquias medieron mucho que pensar; conocí que algunas de ellas eran muyantiguas; otras no tanto; habían sido sacadas de su lugar entiempo de los anabaptistas.
30. Milagrosamente recibe una imagen de la Virgen.Una noche, mientras estaba rezando a la Virgen, arrodilladadelante de la mesita de mi celda, vi una mujer resplandecientepasar a través de la puerta cerrada, avanzar hasta el lado menorde la mesa e hincarse como para rezar. Tuve un momento detemor, pero a pesar de todo permanecí tranquilamente en ora-ción. Entonces la aparición arrodillada puso delante de mí unapequeña imagen en escultura de la Madre de Dios, alta como unamano, de blancura deslumbrante; después ella dejó posar sumano abierta sobre la mesa por algunos momentos, por detrásde la imagen. Yo me retiré un poco atrás por timidez y la manoacercó a mi la pequeña imagen, a la que yo rendí homenaje enmi interior. La aparición se desvaneció, pero la imagen quedó.Representa una Madre de pié, teniendo al Niño en sus brazos;ella es de una belleza admirable y parece de marfil. La hellevado mucho tiempo conmigo con grande respeto; más tarde,por una inspiración interior, la he donado a un sacerdote ex-tranjero, a quien le fue retirada la imagen en la hora de lamuerte.
31. La flor maravillosa.Recibí de María una flor maravillosa que se abría cuandoera puesta en el agua. Cerrada, parecía un botón de rosa. Cuandoestaba abierta desplegaba pequeños pétalos de variados colores,muy delicados, que estaban en relación con los diversos efectosespirituales que esa flor debía producir en mí. La flor teníaun perfume de una suavidad inexplicable. La puse en mi vasoy durante más de un mes yo bebía el agua en que había estadosumergida. Al fin me puse inquieta por querer saber a dóndepodía yo llevar ese regalo saludable para que no fuese profa-nado; fui advertida, entonces, en una visión, que debía hacercomponer una nueva corona a la imagen de la Madre de Dios,que estaba en la iglesia del convento, y colocar en ella esa pe-queña flor. Cuando le hablé de esto a la superiora y al confesor,me exigieron que yo ahorrase mi dinero y que esperase antesde poner en práctica mi proyecto. Pero me fue mandado otravez no esperar más tiempo; por esto mi confesor dió el permisopedido. Hice preparar ia corona en el convento de las Clarisasde Münster y le agregué mi flor. Como las hermanas no estu-vieron bastante atentas por tener en buen estado el adorno dela estatua de María, yo no dejaba de mirar la corona. He vistoa la pequeña flor allí hasta la supresión del convento; despuésdesapareció y me fué mostrado en visión que fue llevada a otrolugar.
32. Recibe un frasco lleno de bálsamo.Recuerdo que recibí de mi guía un frasco lleno de bálsamoEra un licor blanquecino, semejante a un aceite espeso. Me servíde él en una grave herida que me hizo un canasto lleno deropa blanca mojada que cayó sobre mi y pude también curarcon ese bálsamo a otros pobre senfermos .El frasco tenía formade pera con cuello delgado y alargado; su tamaño era como el deuna botellita o pomo de perfumes. Era de una materia muytransparente y lo tuve mucho tiempo en mi armario.En otra época recibí también pequeñas porciones de unalimento muy dulce al paladar, del cual comí por bastante tiem-po y del cual daba a los pobres para curarlos. Habiendo halladoesto en mi poder, la superiora me dió una reprensión, pues yo nopude decir de dónde lo había recibido.
33. Satanás se aparece fingiéndose ángel.Padecía tan agudos dolores en las llagas que me vi pre-cisada a gritar en alta voz, porque ya no podía soportarlos. Lasangre se dirigía violentamente hacia las llagas como impulsadade un modo intermitente. De pronto se me apareció Satanásfingiéndose ángel de luz, y acercándose me dijo: “Traspasaré tusllagas y mañana estarán curadas; ya no volverán a dolerte nite atormentarán más”. Al punto le conocí y le dije: “Vete, queno me haces falta. Tú no me has causado estas llagas; nadaquiero contigo”. Entonces saltó y se arrojó como un perro de-bajo de un armario. Después de un rato volvió y me dijo: “Nocreas que, porque te figuras que vas siempre con Jesús, estássiempre con Él. Todo esto procede de mí. Yo soy el que te mues-tro todas las cosas que tú ves; también yo tengo mi reino”. Siem-pre le ahuyenté con mis respuestas.Ya era muy tarde cuando volvió otra vez y me dijo contoda claridad: “¿Por qué te atormentas sin saber cómo ni cuán-do? Todo lo que tienes y ves, procede de mí. A pesar de todo,yo tomaré posesión de ti. Luego, ¿por qué quieres atormentartede este modo?” Yo le respondí: “¡Apártate de mí! ¡Quiero ser deJesús! Quiero amarle a Él, y maldecirte a ti, y padecer penasy dolores, según su voluntad”. Mi angustia era tanta que pedíal confesor que me bendijera. Entonces huyó el enemigo.Esta mañana, estaba yo diciendo el Credo, cuando se meapareció Satanás y me dijo: “¿De qué te sirve rezar el Credo?…No entiendes palabra de él; pero yo te lo explicaré y lo compren-darás y lo sabrás”. Yo le dije: “No quiero saber, sino creer”.Entre tanto me temblaban los brazos y las piernas. Por últimodesapareció.
34. Su divino Esposo le manda dar camas a los pobres.(21 de Diciembre de 1819)Esta noche sentí mucho frío y me acordé de los pobres quese hielan de frío. Vi a mi Esposo que me dijo: “Tú no tienesverdadera confianza en mí. ¿He permitido yo que te hieles defrio? ¿No te he dado todo lo que necesitas? ¿Por qué no das alos pobres las camas que hay alli sobrantes? Cuando tú lasnecesites yo te las daré”.Me avergoncé y me propuse darles las camas que no hacíanfalta, a pesar de la oposición de mi hermana. Cuando los pa-rientes quisieren venir a visitarme, podrán dormir sobre unjergón, y si no les parece bien, que se queden en sus casas.
35. Satanás la atormenta y se ayuda con la estola del confesor.(2 de julio de 1821)He pasado una noche espantosa. He visto acercarse a milecho un gato negro y saltar a mis manos. Le así por las patasy lo eché de la cama, queriendo matarlo, pero se me escapó yhuyó. Estaba despierta viendo todo lo que sucedía en torno mío.Vi a la niña dormida e intranquila y temí que viera milastimoso estado. Toda la noche hasta las tres de la mañanasiguió maltratándome el enemigo bajo la figura de un no sé quéde negro y espantoso. Me dió golpes y me arrojó fuera del lecho,de manera que tocaba yo con las manos el suelo. Me arrojóhacia adelante con las almohadas y me oprimió con mucha vio-lencia. Todo esto y el haberme levantado en alto, me causó in-decible angustia. Yo veía con toda claridad que aquello no erasueño y sabía todo lo que hacía. Tomé las reliquias y la cruz,pero no sentí ningún auxilio.Rogue al Señor y a todos los santos me dijeran si por ven-tura pesaba sobre mí algún pecado o si poseía injustamente al-guna cosa; pero no obtuve respuesta. Conjuré al enemigo, ennombre de todos los santos, que me dijera qué derecho teniasobre mí. Nada me respondió y siguió atormentándome. Asíamede la nuca o ponía sobre mis espaldas sus garras frías como lanieve. Por último, habiendo podido llegar, arrastrándome sobreel suelo, hasta el armario que está a los pies de la cama, tomé laestola del confesor que estaba allí guardada y me la puse alcuello. Entonces dejó de tocarme y aún me dió respuesta, ha-blándome con tal seguridad y astucia que me admiró de tal mo-do que uno podría creer que tenía razón. Reprendióme como siyo hubiera echado a perder muchas cosa y le hubiera causadomuchos daños y como si tuviera él los mayores derechos. Ha-biendo preguntado ya al Señor si tenía en mi poder injusta-mente alguna cosa, el mismo enemigo me respondió diciendo:“Tienes ciertamente algo que es mío”. Yo le repliqué: “Sí, tengode ti el pecado, que contigo sea maldito. Pero Jesucristo ha sa-tisfecho por él. Toma, pues, tu pecado y consérvalo y vete conél a los infiernos”.No puedo decir lo mucho que sufrí entonces.
36. El “lignum crucis” la alivia.Dícele a su confesor, el cual le mostraba una reliquia de laSanta Cruz y de la lanza:Tambien yo la poseo (reliquia de la Cruz): la tengo en micorazón, sobre mi pecho. Tengo otra reliquia de la lanza. En lacruz estaba el Cuerpo y en el Cuerpo la lanza. ¿A cuál de las dosamaré más? La cruz fue el instrumento de la Redención; lalanza ha abierto una espaciosa puerta al amor. La partícula dela cruz mitiga mis dolores y hasta me los quita. Muchas veces,al ver que el lignum crucìs dulcificaba tanto mis dolores, decíayo al Señor confiadamente: “¡Oh, si el padecer en esta Cruz tehubiera sido tan dulce, esta partecita de ella no me dulcifica-ría tanto!”
37. La sangre de sus propias llagas.(11 de julio de 1821)Al ver la página de un libro manchada en sangre:¿Qué florecilla tan delicada es esta blanca y roja que vienedel libro a la palma de mi mano? Tocó en las llagas de Jesús.
38. Una medalla de San Benito.También ha sido bendecido el terciopelo. Esta es una me-dalla de San Benito bendecida; está consagrada con una bendi-ción que San Benito dejó a su Orden y que se funda en el mila-gro que hizo el santo cuando quisieron envenenarle algunos mon-jes. San Benito hizo la señal de la cruz sobre la copa que con-tenía el veneno y la copa se hizo pedazos. Tiene virtud contrala peste, el veneno, las artes mágicas y las tentaciones del de~monio. El terciopelo rojo en que está cosida reposó en el sepulcrode Wilibaldo y de Valburga y procede del lugar de donde manael óleo de Santa Valburga. La medalla está consagrada en aquelconvento.
39. Multiplicación de monedas.Un día el Vizconde de Galen me obligó a recibir dos piezasde oro que yo debia repartir a los pobres en su nombre. Lashice cambiar en monedas pequeñas y con el producto de ellasmandé hacer vestidos y calzados, que luego distribuí. Hubo unamaravillosa bendición de Dios sobre esas monedas, pues todaslas veces que las distribuía en partes, volvía a encontrar las dospiezas de oro en mi bolsillo y así las hacía cambiar de nuevo.Esto duró más de un año y con ese dinero socorrí a muchospobres. Esta gracia tuvo fin cuando a consecuencia de una en-fermedad quedé por dos meses sin poder hacer movimientos yla mayor parte del tiempo sin conocimiento. Como todas (lashermanas) se apoderaban de mis cosas, Dios retiró de mi lo quepodía haber sido motivo de escándalo.
40. Declara la virtud que surge de varios objetos sagrados.(17 de agosto de 1821)San José y San Antonio han estado conmigo, y San Antoniome ha puesto la cruz (se le había perdido el lignum crucis) enmi propia mano. Nunca he visto lucir ninguna imagen mila-grosa; pero si he visto enfrente de ella un sol luminoso, del querecibía rayos que luego reflejaba sobre los que hacían oración.A la cruz del camino de Koesfeld nunca la he visto brillar, perosi a la partícula del lignum crucis que se hallaba dentro de ella;y he visto que los rayos que de ella salían pasaban a través dela cruz y descendian sobre los que oraban.Esto es cosa buena (un Agnus Dei que le regalaron). Hasido tocado por la virtud, está consagrado; pero aquí, en lasreliquias, poseo yo la virtud misma. La bendición brilla (hablade una cruz bendecida) como una estrella; honrémosla, pues.Pero los dedos del sacerdote (dirigiéndose al confesor) son toda-vía cosa mejor. Esta cruz puede ser destruida, pero la consa-gración sacerdotal es indeleble, eterna; no hay muerte ni infier-no que puedan borrarla. En el cielo, en cambio, será visible ymás señalada. Procede de Jesús, que nos ha redimido.Está bendecida (se refiere a una imagen). Conservadla cui-dadosamente, y no la tengáis entre objetos no santos. Al quehonra a la Madre de Dios, ella le honra también, intercediendopor él delante de su Hijo divino. En las tentaciones es muy bue-no ponerse estas cosas sobre el pecho; guardadla, pues, cuida-dosamente. ¡Ah. es la imagen de la Virgen! Esta imagen ha sidotocada en una imagen milagrosa.
41. Su única Madre.Era yo niña y me hallaba en casa mortalmente enferma.Estaba enteramente sola; mi padre y mi madre habían salido;pero vinieron muchos niños de la vecindad, hijos del alcalde, ytoda clase de niños, que me asistían y se mostraban buenos ycariñosos conmigo. Cortaron ramos verdes pues era el mes demayo y los clavaron en el suelo del jardín formando una chozacon muchos ramajes y me recostaron en ella. Venían y me traíanjuguetes tan bellos como nunca los había visto: muñecas, pese-britos, instrumentos de cocina, animales, angelitos. Con todosellos jugaba hasta por la mañana. A veces creo que estas cosaspreciosas deben estar allí todavia. Hoy, después del mediodía,he llorado aún mucho y una vez estreché fuertemente contra micorazón a la Madre de Dios repitiendo esta invocación: “¡Tú eresmi Madre, mi única Madrei” Con esto recibí mucho consuelo.
42. Visión consoladora.Vi una multitud de hombres acercarse a una gran praderahacia donde yo miraba. Uno de ellos descollaba sobre todos losdemás. Habría allí como un centenar. Y dije para mi: “¿No eséste el lugar donde el Señor dió de comer a miles de personas’.”‘Y vino a mí el Señor con todos los discípulos y le ví escogerlos doce de entre la multitud. Vi que fijaba los ojos, ya en uno.ya en otro y los conocí a todos: a los ancianos y a los robustosjóvenes. Vi que los enviaba en todas direcciones, en medio de lospueblos y los seguía con la mirada. Y como yo me preguntarainteriormente a mí misma: “¿Qué podrán hacer éstos entre tan-ta multitud?”, el Señor me dijo: “Su voz suena muy lejos.También ahora son enviados muchos. Quienes quiera que sean,hombres o mujeres, pueden hacer esto. La salud que aquellosdoce trajeron, la traen también ahora éstos a quienes envío, aun-que sean ignorados y despreciados”. Conocí que esta visión debiaservirme de consuelo.
43. Otra visión consoladora.Me hallaba en la casa paterna y me parecía como si fueraa desposarme. Las almas por quienes había hecho oración ve-nían y me traían toda suerte de regalos, que colocaban en lacarroza nupcial. La casa nupcial era la escuela adonde habíaido yo cuando niña; ahora parecía mucho más grande y hermosa.Dos santas religiosas ancianas eran ahora las doncellas que me acom-pañaban. Luego llegó el Esposo en una carroza. Entre tanto yodecía en mi interior: “Ahora vengo por tercera vez a esta es-cuela. La primera vez vine siendo niña y en el camino se meaparecía la Madre de Dios con el Niño y me decían que apren-diera mucho, que Él sería mi Esposo. La segunda vez, cuandoentré en el convento y aquí en la casa de esta escuela se celebrómi desposorio, en una visión. Ahora vengo por tercera vez acelebrar las bodas”. Todo era magnificencia y la casa estaba lle-na de frutos. La casa y el jardín estaban elevados sobre la tierray desde arriba yo veía a la tierra, oscura y desierta.
44. Habla de Clemente Brentano.Un día le dijo Ana Catalina al poeta Clemente Brentanomientras le confiaba sus visiones:Muchas veces me admiro de poder hablarle a usted en con-fianza y decirle muchas cosas de las cuales no acostumbro hablara nadie en presencia de otros. En el primer momento ya leconocía, pues le había visto antes que viniera. Con frecuenciase me ha presentado en mis visiones un hombre de rostro mo-reno, que parecía estar escribiendo junto a mí; y así cuandousted entró por primera vez en mi habitación, me dije a mimisma: “Este es aquel hombre”.
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CAPÍTULO II





